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QUE LA INVEROSÍMIL CORRUPCIÓN en el DAS no afecte la favorabilidad del Presidente de la República, dice poco sobre el Gobierno y mucho sobre los colombianos. Porque en el liderazgo son tan importantes las capacidades esenciales del líder, como las condiciones a que están expuestos sus seguidores.
El fenómeno del apoyo popular a Álvaro Uribe tiende a analizarse exclusivamente desde la perspectiva del Presidente. Sin embargo, aun las más excelsas dotes de un dirigente no producen fenómenos de liderazgo, a menos que existan condiciones externas que lo permitan. Condiciones como un momento histórico que llame al liderazgo, una tribuna desde donde ejercerlo y grupos preparados para seguirlo. Estas condiciones se han dado en la era Uribe, más los buenos resultados económicos y de seguridad. Pero también se han producido hechos desfavorables como la parapolítica, la yidispolítica, los falsos positivos, los desbalances democráticos y los recientes cambios económicos e internacionales, entre otros. ¿Por qué, entonces, sólo prevalecen las condiciones favorables al liderazgo de Álvaro Uribe?
Hay dos respuestas posibles: O la visión de Uribe sobre la necesidad de derrotar a las Farc es tan poderosa que conserva plenamente su vigencia, o las características del periodo histórico posmoderno que vivimos lo favorecen enormemente. Según la definición de Wikipedia, la postmodernidad es la época del desencanto, en que se produce un cambio en el orden económico capitalista, pasando de una economía de producción hacia una de consumo, en que los medios de masas y el marketing se convierten en centros de poder, por lo que deja de importar el contenido del mensaje, para revalorizar la forma en que es transmitido y el grado de convicción que pueda producir. En la posmodernidad desaparece la ideología como forma de elección de los líderes, para ser reemplazada por la imagen, pues los medios de masas se convierten en transmisores de la verdad y lo que no aparece en los medios masivos simplemente no existe para la sociedad, lo que desemboca en la desacralización de la política.
En la posmodernidad los individuos sólo quieren vivir el presente, hay un proceso de pérdida de la personalidad individual en que la única revolución que el individuo está dispuesto a llevar a cabo es la interior, y se vuelve a lo místico como justificación de los sucesos. El hombre basa su existencia en el relativismo y la pluralidad de opciones, el subjetivismo impregna la mirada de la realidad generando pérdida de fe en el poder público, despreocupación ante la injusticia y la desaparición de los idealismos.
¿Pero por qué estas condiciones sólo han favorecido a Uribe? Quizás porque es el primer presidente que encarna genuinamente los valores de las mayorías. En Uribe no hay la tradicional desconexión entre los valores del colombiano común y el jefe de Estado, como ocurría con el Lleras humanista, el López pensador, el Betancur literato, el Barco ingeniero, o el Gaviria reformista. Uribe ha sido el primer presidente que ha evidenciado y promovido el mito de la identidad colombiana. El mito que sus antecesores evitaban, en la convicción de que el alma colombiana había que contenerla, no desatarla.