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Humberto de la Calle: fuerza tranquila

Álvaro Restrepo
30 de septiembre de 2016 – 09:14 p. m.

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Aún embriagado y embargado por la emoción profunda del día más importante de nuestras vidas, quiero manifestar a gritos lo que siento como una convicción también profunda e inaplazable: la titánica tarea emprendida y coronada con éxito por el Presidente Juan Manuel Santos tiene en su jefe negociador, Humberto de la Calle Lombana, un inmejorable continuador y perfeccionador de su obra.

A Santos aún le queda un año y medio de gloria para encauzar y blindar los acuerdos y para preparar la transición. La victoria arrasadora del Sí el próximo 2 de octubre, le permitirá al presidente gran libertad de maniobra para iniciar la implementación de lo alcanzado, ya no sólo con el aval y el aplauso unánime de la comunidad internacional, sino también con la de su pueblo. Para muchos el plebiscito era innecesario pues Santos fue reelegido en el 2014 para hacer lo que ya hizo: la paz con las Farc. Sin embargo, el presidente, con su enorme tenacidad, olfato, sagacidad y tino de estadista, quiere demostrarle a sus contradictores que el tren de la Historia ya partió, que él es el maquinista indiscutible y que aquellos que no se subieron a tiempo van a tener que esperar en una estación sombría y triste a que alguien se compadezca de ellos y los ayude a llegar, aunque rezagados, al futuro…

En un artículo reciente que publiqué en el New York Times, hice el recuento de mi percepción sobre la milagrosa y afortunada metamorfosis de Juan Manuel Santos: de ser el guerrero-ángel exterminador de Uribe como ministro de Defensa a candidato muy opcionado (y merecedor) para recibir el Premio Nobel de la Paz. Han sido seis años de remar, con sus convicciones y visión, en contra de la corriente, con los índices de impopularidad más altos de la historia reciente. Recuerdo un día en que el presidente citó a un grupo de periodistas, escritores, artistas e intelectuales al Palacio de Nariño, en un momento en que el proceso de paz parecía condenado a muerte. Ese día descubrí al hombre frágil y vulnerable, con el peso de este país de locos sobre sus hombros, pidiéndonos consejo, inspiración, coraje: fue allí que pronunció la frase que tanto me impresionó y con la que titulé un artículo en este diario: «…estoy dispuesto a construir un puente de oro para que estos ciudadanos regresen a la sociedad». Ese fue el puente que atravesaron ayer los exguerreros de las Farc frente a los ojos del mundo. Recuerdo también que después de escuchar nuestras reflexiones y de agradecernos por nuestra presencia y solidaridad, el presidente sacó un cigarrillo y delante de todos se lo fumó lentamente, en silencio, mientras todos lo contemplamos en su soledad, ante el reto ciclopeo que se había auto-impuesto.

Yo creo que anoche el presidente Santos pudo conciliar el sueño: el cansancio satisfactorio del deber cumplido seguramente le proporcionó el más reparador y merecido de los descansos. Pero no hay que bajar la guardia: esto apenas se inicia. La hora de Humberto de la Calle se avecina:  humanista, intelectual, hombre de Estado, ¡ex nadaista!… amante de la cultura, las artes y cultor del espíritu humano. La ovación cerrada que él y el equipo negociador bajo su mando recibieron ayer, fue un claro indicio del consenso que su nombre concita: el concepto que acuñó Miterrand de fuerza tranquila le viene a De la Calle como anillo al dedo:…eso irradia este manizalita que ya se avizora como el refrendador y legitimador de lo pactado. El presidente Santos puede respirar tranquilo y cuando llegue la hora de dar un paso al lado, podrá dedicarse con placer a fumar, no sólo un cigarrillo, sino la merecida Pipa de La Paz. 

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