Las nuevas ordalías… (o las bromas de Dios)

«…ya no habrá más tiempo…pues en el momento en que se escuche al séptimo ángel tocar la trompeta, entonces se habrá consumado el plan misterioso de Dios».                                                                                           Apocalipsis de San Juan

1981: recibo una beca del Icetex para ir a estudiar danza en la Meca de las Mecas –Nueva York– con la gran bailarina y coreógrafa Jennifer Muller. Mi resurrección, como acostumbro llamar al descubrimiento de mi propio cuerpo a los 24 años a través de la danza, se había iniciado apenas un año antes. En el lenguaje transdisciplinario del ‘cuerpo que baila’ confluyeron todas mis preocupaciones y búsquedas existenciales y estéticas: música, poesía, teatro, artes visuales, trabajo social, política, filosofía….

Unas semanas después de haber desembarcado en El Senegal con máquinas (como llamó Lorca a Nueva York) y de haber iniciado mi nueva vida en la ciudad de la locura creativa y de la libertad sexual, caminando con unos amigos por una calle del East Village, alguien se me acerca y me entrega de manera furtiva un papelito: «Beware of the gay cancer!», decía en letras rojas: «¡Cuidado con el cáncer gay!». Desconcertado y casi que divertido e incrédulo ante lo que estaba leyendo, como si se tratara de una broma de mal gusto, les pregunto a mis amigos qué es. «Shh!!…aún no sabemos nada», me dicen, «….es una nueva enfermedad que ha surgido… parece que ataca principalmente a la población gay…».  Y se inicia la hecatombe: la plaga de las cuatro haches (homosexuales, haitianos, hemofílicos, heroinómanos) se desencadena y empieza la avalancha: en los meses y años siguientes en el mundo del arte –y en especial en el de la danza– comienzan a caer enfermos y a morir cientos, miles de personas.

La enfermedad-estigma se vuelve doblemente aterradora: además de la gravedad angustiosa de los síntomas y de las manifestaciones letales, el A.I.D.S. (el S.I.D.A.: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) resulta aún más doloroso por la carga de sanción –moral, social y religiosa– que conlleva. Sobre todo al inicio, cuando se pensaba que atacaba exclusivamente a estos cuatro grupos humanos. Poco a poco se fue demostrando que todos y todas éramos igualmente vulnerables, independientemente de nuestra orientación sexual, procedencia étnica o patrones de comportamiento, frente el poder devastador de la pandemia. África fue el continente con el que se ensañó con mayor virulencia.

El condón, que se demostró muy pronto como antídoto eficaz para prevenir el contagio, junto a otras prácticas de sexo responsable, fue irresponsablemente (valga la redundancia) estigmatizado por la Iglesia Católica, que aún lo considera un incentivo para la promiscuidad y el desenfreno sexual. Dios nos castigaba –¡una vez más!– a través de aquello que el ser humano más adora hacer: ¡follar!

2020: Casi 40 años más tarde nos envía el creador otra prueba…otra ordalía: el coronavirus. En cuestión de pocos meses el mundo entero se encuentra patas arriba. Orwell, Bradbury,  Wells, Huxley, Asimov, Saramago, entre muchos otros visionarios de la ciencia ficción, palidecen frente a lo que estamos viviendo hoy los terrícolas. En el mundo hiperconectado en el que transcurren nuestros días, estamos presenciando ¡en tiempo real! el desarrollo de la nueva pandemia.

Nuestro cuerpo colectivo está enfermo y todos nosotros, como células y anticuerpos, debemos unirnos y actuar juntos (¡a un metro de distancia!) para crear la inmunidad, antes de que sea demasiado tarde. Es la metáfora de nuestro cuerpo común (¿nuestra Casa Común?): la interdependencia e interconexión que nos sostiene vivos. O reaccionamos como género humano o desaparecemos como género humano, pareciera ser la moraleja. Muchos hablan de la venganza del planeta (de la Pachamama) por todas las afrentas y heridas que a diario le infligimos. Esta nueva plaga bíblica tiene mucho qué enseñarnos. El problema es que sin duda estamos en las peores manos: los Trumps, los Johnsons, los Putines, los Bolsonaros, los Al-Asads, los Kim-Jong-Uns, los Erdoganes, los Maduros, entre muchos otros, nos están arrastrando hacia el abismo. Nunca como antes una pléyade de sátrapas había atenazado así a la Humanidad. 

La salud del cuerpo individual y la salud del cuerpo planetario dependen hoy más que nunca del bienestar de todos sus órganos, tejidos, células. Esa es la única riqueza real a la que podemos aspirar y la única garantía de nuestra supervivencia. Quizás esta nueva prueba, esta nueva ordalía, (¿esta nueva broma del creador?) nos servirá para que entendamos que el egoísmo y el bienestar de unos cuantos es la fórmula infalible de nuestra desaparición como especie.     

Adenda  Mencioné a Isaac Asimov entre los profetas del Apocalipsis. Por Wikipedia me entero ayer de que murió de SIDA a causa de una transfusión. 

(¿Que no es un gran bromista el creador ?).

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