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Existen ideas abstractas de gran complejidad, casi imposibles de trasladar al plano concreto. La felicidad, el bien, el amor. La paz.
Aunque mantengamos un optimismo moderado frente al resultado de los acuerdos con las Farc, resulta inevitable desvelarse imaginando a qué se parece la paz.
Escribo esta columna en las escalas de una Casa de la Cultura al sur de Medellín, mientras escucho el ensayo de una orquesta de cuerdas. Interpreta ‘The Raiders March’, de John Williams, y las ‘Danzas húngaras’, de Johannes Brahms. En sillas plásticas o sobre las baldosas de una casa con aspiraciones de conservatorio, un grupo de adultos atiende, teje, lee, hace crucigramas, come, cuchichea. En el umbral de un salón campean morrales, loncheras, suéteres de uniformes, estuches de arcos y de violines, partituras sueltas.
El Sistema nacional de orquestas y coros juveniles e infantiles de Venezuela es paradigma mundial de la música como alternativa de formación con una función social. El modelo fue acogido hace 20 años por la Red de escuelas de música de Medellín.
“La Red comenzó con los sueños de Juan Guillermo Ocampo, quien creyó que la música podría salvar vidas en los barrios periféricos; entonces empezó a abrir escuelitas en barrios como Aranjuez, Alfonso López, Belén y La Milagrosa”, recuerda Diana Palacio, secretaria de una escuela de la Comuna 9.
En los noventa, época marcada por las disputas entre pandillas, se repetía un grito en el barrio La Milagrosa, cada vez que pasaba algún niño rumbo a los ensayos: “¡A lo bien, no te metás con el pela’o del violín!”.
Un instrumento musical ha sido el escudo de miles de niños.
El área artística de la Red la integran 4.600 alumnos de siete a 24 años, y 150 artistas formadores. Cuatro mil instrumentos. Once agrupaciones integradas (más las de cada escuela). Tres orquestas sinfónicas. Tres coros. Una banda sinfónica juvenil. Un ensamble de músicas populares. Una orquesta de tango.
La Red supera la imagen conmovedora de un montón de muchachitos músicos sobre un escenario…
Exige de sus alumnos, formadores y familias altos niveles disciplina, paciencia, compromiso (asistencia cinco días a la semana, entre dos y cuatro horas diarias), tolerancia a la frustración (domesticar un instrumento, fracasar en una audición, incorporarse a la orquesta… ¡el acople coral!).
En El sonido es vida: el poder de la música, el director Daniel Barenboim escribió: “La cultura es el único lugar donde las personas se pueden encontrar en pie de igualdad e intercambiar ideas libremente […] ocupa el lugar de la política como fuerza motora del cambio”.
Ahora, en pleno desvelo, mientras imagino cómo será aquello de “la paz”, escucho un arrullo en la alcoba contigua que tararea las notas de ‘Indiana Jones y los cazadores del Arca Perdida’ y, de repente, se transforma en la escena del barbero de ‘El Gran Dictador’ de Chaplin… hasta fundirse en el silencio. El sueño profundo de los hijos.
Disciplina, paciencia, compromiso, tolerancia a la frustración: ¡acople coral! Algo así debe ser. #LaPazQuerida