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El pasado 16 de junio, el candidato presidencial republicano Donald Trump afirmó en público que “los Estados Unidos se han convertido en el basurero de los problemas ajenos”, y agregó: “Cuando México envía su gente, no envía la mejor… envía aquellos con muchos problemas y los traen consigo. Traen drogas. Traen crimen. Son violadores”.

La cadena Univisión, la de mayor sintonía entre la audiencia latina residente en los Estados Unidos, hizo lo que el honor obligaba: cortó toda relación con la organización del concurso de Miss Universo y demás proyectos vinculados con el emporio económico del magnate. “Noticias Univisión continuará con el cubrimiento completo de todos los candidatos, incluyendo al señor Trump, para asegurar que nuestra audiencia siga teniendo acceso a todos los puntos de vista”, concluyó el comunicado.

No hay gran “novedad” en las declaraciones de Trump quien, además del partido político, comparte la misma profundidad argumentativa que denotan personajes como Sarah Palin. No estamos hablando de académicos ni de estadistas precisamente. Basta señalar un detalle: echarse encima al electorado hispano en los Estados Unidos es una movida política de una torpeza colosal.

Entre tanto, el periodista británico Karl Penhaul fue despedido de CNN por llamar a Donald Trump “racist idiot” en su cuenta personal de Twitter.

Una de las formas más expeditas para calibrar la ética de un periodista o de un medio de comunicación es su relación con el poder. Si los grandes medios son un poder en sí mismos, la lógica fundamental dentro de una democracia dicta que protejan los intereses de la gente.

Al despedir a Penhaul, CNN apoyó a quien ostenta el poder económico y político. Trump insultó a los inmigrantes mexicanos porque puede hacerlo; ha de considerar que su dinero lo autoriza a pisotear la dignidad ajena (veremos cómo reacciona el electorado estadounidense).

Racist idiot” son dos palabras que en cualquier sociedad medianamente civilizada se consideran un insulto. En este contexto, “racist” define la actitud de Trump. Aunque sería más preciso llamarlo xenófobo.

Al condenar los improperios de Penhaul, CNN avala los del político republicano.

Si Karl Penhaul merecía un llamado de atención no era por su agresividad sino por su obviedad. Redundó en lo evidente. CNN lo despidió porque suscribió a título personal una opinión compartida por muchos a la hora del café.

Penhaul no utilizó ni los recursos físicos ni el nombre de la cadena para referirse a Trump.

Se equivoca CNN al interferir en el espacio individual de un ciudadano, al atentar contra la libertad de expresión y al prescindir de un empleado porque no siguió su “manual de etiqueta” (¡fuera del campo laboral!).

Como corresponsal de Reuters, Univisión y CNN, los televidentes hemos visto a Penhaul con bombas que estallan a sus espaldas en Gaza, reportando desde Cartagena del Chairá o desde El Billar…

Bien por Karl, que se echa al suelo para protegerse del fuego cruzado y no para besarle los pies a nadie.

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