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Ni el cine ni la televisón han logrado mitificar la caminata finquera como lo ha hecho nuestra imaginación bucólica, andina, montañera.
A diferencia de las arenas de la playa, en la tierra húmeda de las fincas de montaña no es posible sumergir y mover los dedos de los pies. A la publicidad no le interesan las imágenes de niños que construyen “castillos” con tierra de capote.
“Hagamos una caminada” es el llamado que estremece los recuerdos, relatos que emergen con cada pisada sobre el cascajo y las trochas del monte. El caminante coge su sombrero y se “arma” con una vara, algún bastón del abuelo o una rama caída, que sirva de apoyo y “defensa” de los perros guardianes, de las vacas encastadas que pastan a la vera del camino.
Tan pronto se despliega ante la mirada el perfil de la cordillera, acuden a la memoria las “Montañas” de José Manuel Arango, los versos de Hölderlin.
Ya el frío no aporrea los huesos como lo hacía años atrás. No crecen las acederas rojizas. Ha enmudecido el canto de los nacimientos de agua. El musgo escasea. ¿Será que los árboles aprendieron a afeitar sus barbas grises (melenas)? ¿En dónde se esconden los besitos rastreros rosados, rojos y blancos, con sus capullos estriados que estallaban al más mínimo roce? ¿Acaso el ojo de poeta, trepadora tan hermosa como devastadora, brota por generación espontánea?
Mientras cruza entre linderos con suficiente precaución para “no dejar pelos en el alambrado”; el olor de la boñiga fresca, el sonido de los sorbos de las bestias en los abrevaderos, la sombra del vuelo de las golondrinas sobre el prado y el saludo de un campesino que jala un táparo sin aperos, le recuerdan al caminante que sus pasos parsimoniosos nunca son solitarios.
La nostalgia de Walt Whitman lo persigue: “Tierra de los árboles dormidos y húmedos,/ tierra del sol que ya se ha ido, tierra de las montañas de cumbre nebulosa,/ […] Sonríe, porque llega tu amante”.
(En la lejanía, un canto de pájaros insinúa que Messiaen no fue un músico sino un traductor).
La vegetación silvestre pierde la batalla contra la parcelación campestre. Los nuevos paisajes artificiales —mansiones geométricas, árboles distribuidos como un juego de Lego, setos perfectamente podados y Golden Retriever que destellan bajo el sol— poseen el poder sugestivo de las cicatrices de infancia: son marcas de orgullo, pero también de temor.
De repente, en el alto de un cerro, la vía se hace otra: “Prohibido el paso”, “Propiedad privada”, “Perros bravos”. Cámaras de vigilancia.
Se cierran los álbumes de la niñez. Culmina el paseo.
Las caminadas de finca son un retorno al origen —que anhelamos, del que huimos—. Una forma de oasis. Y de naufragio.
Whitman, otra vez: “[…] habiendo contemplado los objetos del universo,/ compruebo que no hay ninguno, ni la más ínfima parte/ de ninguno que no tenga referencia con el alma”.
Qué pensarán las montañas cuando nos miran.