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Contra los hoteles

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EN AQUELLOS DÍAS EN QUE BRITISH Airways conectaba a Londres con Bogotá (luego de recoger pasajeros procedentes de diversos aeropuertos del mundo), una señora viajaba de regreso a Colombia sentada en primera clase. Estaba furiosa.

Su esposo había cometido la “imprudencia” de llevarla por sorpresa a Nepal. Al cuarto día le exigió regresar: estaba horrorizada con el “polvero” en las calles de Katmandú y “ese montón de gente pobre en las esquinas”. El viaje se hizo intolerable para ella cuando descubrió que en el sitio de hospedaje no vendían su bebida predilecta. “Me niego a viajar si no es a un Hilton, donde haya Coca-Cola”.

Parece que su clamor fue escuchado. Las cadenas de hoteles turísticos se parecen al “ojo de poeta” (Thunbergia alata, enredadera de flores anaranjadas), una maleza hermosa a primera vista, pero que una vez se reproduce invade su entorno inmediato.

La búsqueda de ambientes predecibles —asociada a la manía de la seguridad— ha logrado que dichas cadenas uniformen el mundo. Hoteles diseñados con el criterio de “identidad de marca” en Madrid, Ámsterdam, Tokio, Bogotá, Buenos Aires… Es una especie de pesadilla de ciencia ficción comparable con la sensación que producen algunas ciudades de Estados Unidos; llega un momento en que uno se cuestiona: ¿dónde estoy? ¿En Dallas? ¿Phoenix? ¿Scottsdale?

Los hoteles en serie no sólo aniquilan el alma del destino visitado, sino que han ido abandonando la tradición de narrar desde la intimidad: ¿dónde están los libros de bienvenida con imágenes, exaltación de personajes autóctonos, crónicas históricas, recorridos insólitos, anécdotas de exploradores? Lo que espera al viajero en la mesa de noche es el control remoto y un catálogo de compras, con la misma oferta de basura que lo atosiga en casa.

¿Será cuestión de perfil turístico?

Hoy, el estatus que solían dar los grandes hoteles es un símbolo canjeable… (No entran en esta discusión clásicos como el Ritz París, de Coco Chanel, o el Old Cataract, de Agatha Christie: fuera del alcance de los simples mortales).

“El sitio de alquiler de viviendas Airbnb Inc. presentó una ambiciosa proyección de ingresos para justificar una mayor valoración que la del gigante Marriott”, publicó The Wall Street Journal.

Los hostales atendidos por sus dueños y servicios del estilo Airbnb están en vías de acaparar el mercado: los hoteles lo merecen, por imponer estándares consumistas que riñen con el carácter singular de cada travesía.

¿Por qué pagar sumas exorbitantes por toallas con textura de cartón o comida preparada con criterio industrial?

Si las grandes cadenas hoteleras se descuidan, los trotamundos incorregibles —quienes trabajan para viajar y ahorran con juicio para conocer culturas y explorar geografías— las abandonarán.

La globalización ha sido asumida por estos hoteles como homogeneización; parecieran desconocer que para muchos viajeros significa una posibilidad de descubrimiento, de encuentro con lo impredecible.

De no evolucionar, dichas cadenas se limitarán a servir a incautos que ignoran otras formas de hospedaje cómodas, bonitas, con precios razonables y color local.

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