Publicidad

“Cosas perdidas”

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

En los colegios, universidades, parques de diversiones y almacenes suele existir un rincón coronado con un letrero: “Cosas perdidas”.

En Antioquia, las abuelas hacían una distinción precisa entre lo “perdido” y lo “embolatado”: “Lo embolatado está por algún lado, sólo que lejano a sus ojos, mi amor”. Cuando una búsqueda —de persona, animal o cosa— llegaba al punto de “está más perdido que embolatado” quería decir que no había esperanza.

Quienes crecimos bajo techo católico, encomendamos a San Antonio las búsquedas: desde el amor hasta el termo extraviado de un hijo. “No tenga agüeros, pero amarre el bultico del santo y comience a buscar”. (Mientras escribo estas líneas trato de recordar si en realidad se trataba de San Antonio. El politeísmo es exigente).

Marcel Proust buscó el tiempo perdido. Ya pocos encuentran el tiempo para perderse con Proust. En los lejanísimos años 70 circuló en Colombia la revista Duda; un escalofrío recorría el cuerpo cuando el comercial promocional anunciaba con voz de ultratumba: “¿Hubo ovnis en el apagón de Nueva York?”. Su encanto radicaba en que les ofrecía a los lectores la ilusión del hallazgo.

Algunas pérdidas son anunciadas: prestar la primera edición de un clásico; viajar a estudiar al exterior y pedirle a un amigo que le cuide a la novia… o la del ministro de Defensa que le promete al presidente que lo sucederá fielmente en el cargo. Sí hay causas perdidas.

El tercer día después del terremoto de Armenia, un par de periodistas hacían fila en el camión de abastecimiento para damnificados. Acto seguido reportaba la “pérdida de donaciones”.

Lo que siempre ha estado de moda es aquello de “perder los valores”. Estaban perdidos desde que Edith, la desobediente mujer de Lot, miró hacia atrás para ver la caída de Sodoma. La misma sal le tocó a la segunda esposa de Enrique VIII: los valores rodaron con la cabeza de Ana Bolena, quien se atrevió a hacer en privado lo que su marido hacía en público. (Desde entonces a las reinitas las degüellan con hoz de doble filo, nunca con hacha ordinaria).

“Los niños buscan su hogar” repite el ICBF, mientras tanto los chicos sienten dolores de crecimiento y cambios de voz, la pubertad en pleno que, en términos de posibilidades de adopción, significa vejez: ¿Qué “pierde” un niño cuando no es adoptado? ¿Qué “pierde” una pareja apta, al margen de su inclinación sexual, cuando no se le permite adoptar?

Un país que celebra la disminución de las cifras de asesinatos y deja al margen los desaparecidos; que 30 años después de la tragedia del Palacio de Justicia aparece y desaparece seres humanos como en el sombrero de un mago… ¿tendrá una noción clara, personal, íntima, de lo que es una “pérdida”?

“Si para recobrar lo recobrado / debí perder primero lo perdido”, recitaba papá con Minora en mano. El Soneto de F. L. Bernárdez lo esperaba cada mañana frente al espejo.

Perder es ganar un poco. (¿O era al revés?).

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido