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El complejo del sol

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Otra vez salta a la palestra la discusión sobre el centralismo en Colombia, con los mismos argumentos cíclicos, cansados, subordinados —al discurso “dominante/dominado”—, desligados de la producción. En casos extremos, los clamores bordean el delirio de persecución, la incoherencia detrás de la idea: “Me persiguen para ignorarme”.

El centralismo en la política colombiana es indiscutible: desde Bogotá pueden darse el lujo de disponer toda la maquinaria gobiernista para que asciendan los amigos del presidente de turno. Después se desentienden. “Tiran la piedra y esconden la mano”, dirían las abuelas. (Está por verse si ese mecanismo se desvirtúa con la construcción de paz en los territorios).

Mientras las grandes cadenas de televisión insisten en el centralismo —toda Colombia se entera si se pincha la llanta de un bus de Transmilenio—, la internet redefine sin cesar la noción de centro.

En el campo de la cultura, vasto y complejo, el análisis puede ser distinto. Tiene que serlo.

La periferia no es una condena, tampoco lo es el centro. No sólo se crea desde un lugar geográfico, también desde confines no registrados por la cartografía: el intelecto, el espíritu.

Difícil creer que todos los lectores lejanos de Gabo —rusos, chinos, australianos…— sean capaces de ubicar a Colombia en el mapa. Tampoco deben ser muchos los que acierten al señalar en el mapamundi (sin hacer trampa, ojeando las inscripciones diminutas) la tierra natal de Herta Müller. Tal vez, bastaría con recordar su lugar en los anaqueles de la biblioteca o en la mesa de noche, en la memoria de las querencias lectoras. Cobra sentido aquello de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, en Yasnáia Poliana, Rusia. En Aracataca, Colombia. En Nitchidorf, Rumania.

En Antioquia, por ejemplo, los Andes pueden bloquear el horizonte o convertirse en cadena de crónicas, novelas, canciones, acuarelas. En la periferia está la posibilidad de la mirada divergente, la descontaminación del centro, la sana distancia. No es fortuito que las grandes capitales como Bogotá eyecten gente agotada (no sólo del caos vehicular se cansa el hombre).

No se trata de mapas ni de coordenadas tangibles. Una cosa es el “origen de provincia” y otra muy distinta el provincialismo. El centro del cuerpo humano no es el centro del ser humano.

“De tanto yo ser el centro/ de tanto estar en mi mente,/ ya no veo lo del frente/ por estar mirando adentro”, dice una de las Coplas del egocéntrico, de Luis Miguel Rivas.

Con más frecuencia de la que percibimos, el centralismo en la cultura es alimentado por una suerte de fenómeno de proyección que observa en el sistema, en el afuera, lo que en realidad ocurre adentro del individuo. Entonces, el centralismo se transforma en la excusa de quienes se consideran a sí mismos como el núcleo. Se sienten como el sol: todo —y todos— gira a su alrededor. “Seres de luz” por cuyos destellos clama el planeta. (¿De dónde será que se apagan?).

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