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Geografías corrompidas

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Durante buena parte del siglo XX, la antigua Plaza de Cisneros fue la central de abasto de la capital antioqueña, ubicada en un sector de cafetines y hoteles de paso.

En 2002, la administración municipal abrió la convocatoria “Medellín es luz, un poema urbano” para “recuperar” la zona. La propuesta ganadora es ahora conocida como el Parque de la Luz, que arrasó con los rezagos del patrimonio de la ciudad para construir un “bosque” (¿?) de 300 postes, que visto desde el aire parece la cama de un faquir. Para describirlo a ras de suelo no hay símil ni metáfora posible. Es concreto, en el sentido literal de la palabra.

Sus costos fueron calculados en $3.260 millones, pero el precio real del proyecto original era de $12 mil millones. Después de algunos ajustes, el “poema urbano” costó $9.165 millones. El alcalde de aquel entonces, Luis Pérez, le dejó la obra mal calculada y sin iniciar a su sucesor, quien ya no podía echar marcha atrás.

Cada vez que transito por el Parque de la Luz (o de “Las luces”), recuerdo a una compañera de trabajo que jamás se atreve a lucir la espalda descubierta: en un costado tiene la cicatriz de una puñalada que recibió en un bus. No sintió el filo de la navaja al penetrar cerca de su pulmón; fue la humedad de la sangre en su camisa y la alarma de otra pasajera, también de pie y asida a la misma barra, las que la alertaron para bajarse en un hospital.

No solo el Instituto Geográfico Agustín Codazzi traza mapas. Existen geografías alternas. Algunas son de carácter íntimo: aquí lo conocí; allí nos dimos el primer beso… Otras son colectivas: el edificio Mónaco y la hacienda Nápoles, por ejemplo, son referentes espaciales en El Poblado y en Puerto Triunfo, tan fuertes como el Museo de Antioquia, en el Centro, o el santuario de María Auxiliadora, en Sabaneta. A Jardines Montesacro lo abandonó su legendario nombre para ser reconocido como la “tumba de Pablo”.

De la misma manera, dibujamos en nuestra imaginación otra cartografía: la de los corruptos.

La Avenida El Dorado, el deprimido de la calle 94, las losas de la autopista Norte o el arreglo de la 153, en Bogotá.

En Manizales, los aficionados al fútbol cantan los goles desde “tronos”. La silletería del Estadio Palogrande costó mil millones de pesos más que la del Hernán Ramírez Villegas de Pereira, con el mismo contratista (Inversiones Guerfor S. A.). El exalcalde Juan Manuel Llanos se las arregló para ser recordado con emoción.

Podría continuar con Barranquilla, Cartagena, Buenaventura…

Dichas imágenes destruyen los contextos confiables con los cuales nuestras sociedades edificaron un conjunto de normas éticas, valores y virtudes ciudadanas. Remover y reemplazar marcas urbanas es otra manera de perpetuarse, de imponer una visión del mundo.

Las geografías corrompidas se trazan con sigilo: no se siente el filo del puñal. Si acaso, nos percatamos con cierto escalofrío… apenas natural, después de tanta sangre derramada.

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