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La última confesión

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Con el periódico dominical sobre el regazo, ojea las promociones comerciales: neveras y lavadoras con descuento.

Al lado de los obituarios encuentra una oferta adicional: entre el Miércoles de Ceniza y el Domingo de Pascua, los feligreses pueden confesar el aborto, un pecado que durante el resto del año se le cuenta al arzobispo o a los confesores autorizados. Una falta que significa excomunión automática, de la que sólo se escapan los menores de 16 años o aquellos que la cometen bajo coacción, por desconocimiento o locura.

Criada en un entorno católico, ella se vio abocada a tomar la decisión cuando cualquier interrupción voluntaria del embarazo (IVE) era considerada ilegal en Colombia. Su obstetra le había advertido que si conservaba el embrión en su vientre, uno de los dos podría morir.

A diferencia de tantas colombianas que se veían (y se siguen viendo) obligadas a abortar en lugares nauseabundos, ella se sometió al procedimiento en un quirófano, con manos expertas. Tenía cómo pagar.

“Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa”. Con santa Teresa de Ávila entre los labios, todo pasó, sin sangrados, sin fiebres.

Su remordimiento era tal que consideró dar cristiana sepultura al embrión. “Lo que salió de su cuerpo apenas sería visible con un microscopio”, le dijo el médico, acariciándole la cabeza con pesar.

Desde el código de Hammurabi hasta los memorandos del procurador Alejandro Ordóñez han considerado —para bien o para mal— la IVE. Sólo una verdad irrefutable atraviesa la discusión: nadie con uso de razón concibe con la intención de abortar después.

Ella llega a la iglesia de La Candelaria, en el centro de la ciudad. Antes de acercarse al confesionario lee los mensajes de Cuaresma adheridos a las columnas. De rodillas, al lado de la rejilla, recita de memoria la lista que le asegura el Paraíso: “Padre, me acuso, soy impaciente, malgeniada, mentiro…”.

“¿Hace cuánto no se confiesa?”, interrumpe el viejo confesor, investido con el alba y una estola púrpura.

“No recuerdo”.

“¿¡Usted qué religión practica!?”.

“¿Para qué cree que estoy acá, padre?”.

Entonces confiesa su antiguo pecado, el innombrable. El sacerdote susurra: “El aborto es un asesinato. Está perdonada, pero nunca vuelva a hablar de esto con nadie, ¿oye?”. Nada de palabras misericordiosas ni consejos.

Que asuma su culpa y calle.

“Recuerde la misa todos los domingos. Rece tres padrenuestros y regrese para confesarse en un mes”.

Al cruzar frente al confesionario se cubre la cara con pudor. En el altar del Señor Caído reza sólo dos oraciones y palpa una foto de sus hijos —grandes, sanos—. Sale al atrio, paga $1.500 por la plegaria a santa Helena y le enciman la del Espíritu del Dominio (“Con el poder para amansar al dragón…”).

Ella no regresará en un mes. Ni nunca.

Camina un par de cuadras, se sube al metro, recuesta la cabeza contra la ventana. Involuntariamente, retoma el mantra: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. 

*Ana Cristina Restrepo Jiménez

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