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Después de leer un cuento y apagar la luz, entre las cobijas, la silueta de mis hijos es similar a la de cualquier otro niño: el gesto sereno, la respiración pausada, los cuadernos y el juego transformados en sueños. Las angustias del hijo —que pocas madres conocemos, pero todas presentimos— quedan suspendidas.
Aunque el dolor es individual, el alumbramiento genera un vínculo colectivo, universal: nos convierte en madres de todos los hijos. Los escogidos, crónica de Patricia Nieto, dibuja la tragedia compartida que es el “dolor de madre”: ¿cómo esquivar el tormento de Hismenia Carrasquilla que viaja en un bus desde Granada hasta Puerto Berrío, con los huesos de su hijo guardados en una cajita de cartón?
(Hismenia es la misma Ismene, de Antígona: “La razón con que la Naturaleza nos ha dotado no persiste en un momento de desgracia excesiva”).
El plebiscito nos dejó desnudos: nuestro peor problema no son las Farc. Esa noche, como otras mamás cansadas de guerra, les expliqué a mis hijos que no, que el conflicto armado no iba a cesar. Todavía. Busqué refugio en Wislawa Szymborska: “Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo. /Alguien debe echar los escombros / a la cuneta / para que puedan pasar los carros llenos de cadáveres […]”.
¿De cuál guerra hablo si habito una ciudad, blindada, de espaldas al campo de refugiados que coloniza sus montañas? ¿Si el lapso más extenso en que uno de mis hijos ha “desaparecido” es de 40 minutos en un supermercado? ¿Si, tal vez, mis impuestos financiaron masacres como las de Las Tangas (1990) y Mapiripán (1997), o los falsos positivos?
Como mamá cansada de guerra podría derrumbarme ante la refrendación fallida o ceder a la trampa politiquera de la “unidad nacional” que arrasa la diferencia y nos fila como borregos. Pero no. Tampoco voy a abrazar a quienes con manipulaciones insisten en destruir más de tres décadas de aprendizajes reunidos en una negociación disciplinada, de aguante.
Despertaron el instinto animal. El mismo que amamanta y apresura el zarpazo para proteger a las crías.
Honramos las instituciones y la democracia, pero no nos vamos a dejar. Nadie nos arrebatará esta conquista de la razón. En una feria de vanidades juegan con la memoria de los hijos de las madres de Soacha, La Candelaria, el Club El Nogal, el Aro y Bojayá. Con el futuro de las víctimas sobrevivientes. Y con el de aquellos, afortunados, que no han sido rozados por el conflicto armado.
Con el Nobel de Paz, la comunidad internacional nos vuelve a entregar la antorcha a la sociedad civil…
En la media noche, la mirada insomne de las mamás cansadas de guerra se fija en el techo. Nos intuimos unas a otras como lechuzas en el bosque.
“En la hierba que cubra/ causas y consecuencias/ seguro que habrá alguien tumbado,/ con una espiga entre los dientes, / mirando las nubes”: la Szymborska cuida nuestra vigilia.