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Me corté la coleta

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Crecí sentada en la barrera de sol de la Macarena.

Recibí una montera de manos de Pepe Cáceres, atrapé en el aire orejas ensangrentadas, arrojé claveles rojos sobre el rastro de un toro muerto en la arena. Iba a condumios y remates.

La pequeña Electra que fui descubrió en la fiesta brava el único lugar para acaparar a mi papá; mi madre y mi hermano detestaban las corridas. Escribí la tesis de pregrado sobre periodismo taurino, todavía atesoro la enciclopedia Los Toros, de Cossio, y Toros, toreros y público, de Antonio Caballero.

Fui más que una simple taurófila.

Cubrí las ferias de Manizales, Cartagena y Medellín. Con Enrique Ponce descubrí el diámetro de mis bostezos; con José Ortega Cano, lo que es “el oficio”; con José Cubero, el Yiyo, los caprichos del destino. Rompió mi corazón.

En misión periodística, cabalgué entre toros de lidia —nobles, desprevenidos, preciosos— con el mayoral de La Carolina: entonces empecé a amar los toros y no las corridas.

En 2009 asistí a la plaza por última vez: salí asqueada de los taurinos adentro (me incluyo) y de los antitaurinos afuera.

Discutir en torno al toreo como “arte”, sobre la base del concepto de “lo bello” es estéril, pura subjetividad.

No me detendré en el “derecho a la vida del animal”. Somos parte de una cadena alimenticia que suele interrumpirse en nosotros por cuenta de los hornos crematorios.

La tortura sí es cosa aparte.

La corrida ortodoxa es tan cruel como la que carece de banderillas, varas y estoque: el animal aprende. Un toro avisado será intranquilo para siempre, reconocerá el engaño, después de capoteado sabrá a dónde embestir (los novillitos “expertos” que viajan de plaza en plaza son monstruos).

Me corté la coleta porque mis ojos dejaron de ver la belleza en la pericia del torero para concentrarse en el dolor del toro. Además, con el paso de los años, los mafiosos me estorban más, y no quiero decir que todos los taurófilos lo sean, pero no lo neguemos: los tendidos son la pasarela excelsa del traqueto.

Mis epifanías esporádicas se convirtieron en resplandor. No me enorgullece haber ido a toros, pero tampoco me siento peor persona por haberlo hecho.

Conservo mi sombrero cordobés, el agüero de no vestir de amarillo, el recuerdo de Miguel Hernández y García Lorca en la voz de mi padre. El desprecio por quienes defienden la tradición como ley inapelable.

Una severa reglamentación, supervisada, sería una estocada certera para la industria taurina. Quienes argumentan que “sin las corridas se extinguirá el toro de lidia”: confíen en la teoría de la adaptación, que desaparezca por su propia naturaleza, no por la humana.

En cuanto a la afición: tal vez se hartará, será toda piedra, como los Toros de Guisando. Los taurófilos conversos somos como el toro bravo: ante el castigo crecemos. Compensamos nuestra falta de casta taurina con nobleza humana. Merecemos vuelta al ruedo. Y, por qué no, el indulto. 

*Ana Cristina Restrepo Jiménez

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