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Preservar no significa necesariamente conservar o exhibir con orgullo. Cicatrices hay de muchos tipos: la que queda de una cesárea revela algo muy distinto a aquella que deja un accidente automovilístico…
Tal vez con el anhelo de regir la primera ciudad de la Historia sin prostitución, el alcalde de Medellín en 1951, Luis Peláez, arrasó con el “Período de las putas ilustres”: desterró a las muchachas —y a sus clientes— de Lovaina. Abrió con ello una herida al hacerlas mudar al barrio Antioquia.
Las grandes ciudades del mundo tratan de sanar su dolor, de aceptar sus cicatrices. No deben ser muchos los alemanes que saquen pecho en el antiguo campo de concentración de Sachsenhausen, hoy convertido en museo. La sofisticación arquitectónica de las ruinas de algunos anfiteatros romanos no las exime de ser escenarios de la Muerte como espectáculo. Aun así, son exhibidas al público.
Federico Gutiérrez anunció la demolición del edificio Mónaco, una de las residencias de Pablo Escobar. Los vecinos del barrio Santa María de los Ángeles están hartos con la piscina pestilente y las constantes plagas de la edificación, además de su soledad y abandono. Capítulo aparte merece su insignificancia arquitectónica.
El alcalde dice que busca borrar las huellas del narcotráfico. Tendrá que empezar por los adolescentes que son reclutados con la promesa de empuñar un arma “para atender (a sus enemigos) de a uno”; o por sus novias “trofeo”, vírgenes como le gustaban a “Pablo”. O por el desfile incesante en el parque Lleras: los relatos de Lovaina más parecen la Edad de Piedra de las prepago que hoy deambulan bajo la luz del sol… con catálogos y franquicias. Un “negocio organizado”.
“No le vamos a dejar un monumento al criminal que derramó tanta sangre en nuestra tierra”, es un frecuente y poderoso argumento frente a esta cirugía estética histórico-urbana. (Siguiendo esa lógica, Rusia tendría que derrumbar las imponentes Siete Hermanas que glorifican a uno de los peores asesinos de la Historia: Stalin).
Durante décadas tuvimos la oportunidad de convertir un edificio en un sitio de memoria que les advirtiera a las generaciones futuras que aquellos sucesos no pueden repetirse. Ejercer cierto dominio sobre la versión oficial de la Historia siempre será un triunfo. Quien borra huellas deja un bache abierto a la imaginación popular, al revisionismo histórico de esquina, aquel que insiste en erigir a “Pablo” como héroe. El de la camiseta con la cédula 8.345.766. El de la calcomanía de taxi.
No estoy del todo en contra de la demolición, pero sí del espectáculo previo, del show de burócratas tumbando un muro a mazazos, armando el nido para que de los escombros de Mónaco nazca una nueva leyenda.
Gutiérrez (cuya intención de honrar a las víctimas es loable) será recordado como el alcalde Peláez, aquel que quiso “limpiar” de prostitución a la Tacita de Plata. Pasa a la Historia como uno más que desvanece las lecciones necesarias para cualquier ciudad civilizada. Pero, eso sí, deja intacto el orgullo paisa.