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A muy pocos nos preguntaron si queríamos ser bautizados; el sacramento nos cayó —literalmente— como un baldado de agua fría.
En la infancia era irrelevante si nos interesaba o no ir a misa: nos llevaban “tallados”. A medida que se acercaba la primera comunión, la cosa se puso emocionante: preparar la confesión en recreo con las amigas (“Y vos, ¿qué le vas a decir al padre?”), recibir la hostia consagrada, hacer la fila en misa “con los grandes” y llegar el lunes al colegio presumiendo: “Ayer comulgué”.
A punta de pandereta y maraca, cantando villancicos, rezando en familia y temiendo al sexo y las demás definiciones ortodoxas del “pecado”, nos criamos bien o mal, sin quejarnos, creyendo en el dios de la Iglesia católica.
Pero todo cambió en la adolescencia, cuando la profesora de historia comenzó a relatar las barbaridades que se han cometido en nombre de Cristo. Y luego empeoró en la edad adulta, al enterarnos de no pocos escándalos…
En 2013, la feligresía alemana exigió la renuncia del obispo de Limburg, Franz-Peter Tebartz-van Elst, por haber construido una residencia que costó 30 millones de euros (¡79.800 millones de pesos!).
Si allá llueve… en Colombia, el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón, desató una polémica con su nueva casa. Un grupo de sacerdotes le envió una carta al prelado: “[El arzobispo Tobón] prefiere cambiar su casa episcopal en la que han pasado los anteriores arzobispos, porque le es ‘poco útil y funcional’, prefiriendo comprar una en el mejor barrio de Medellín, Castropol-El Poblado, por un valor de 2.600 millones de pesos”.
En un parque del barrio Castilla, en Bogotá, cada semana se reúnen más de 600 personas para escuchar al sacerdote Jesús Hernán Orjuela. Frente a las quejas de los vecinos del sector y el llamado de atención de las autoridades locales, el famoso Padre Chucho respondió: “Que venga el alcalde para ver si me va a sacar. Al alcalde Petro y al presidente Juan Manuel Santos y al que esté: los respeto, pero a ellos no les pediré permiso”. Vuelve y juega el estribillo, ya desgastado, “se respeta pero no se acata”.
¿Será pecado exigir de un sacerdote austeridad o, por lo menos, un buen ejemplo para la comunidad?
La Iglesia católica se ha convertido en blanco fácil de ataques, muchas veces motivados por la generalización. Y aunque es obvio que los sacerdotes están expuestos a la frágil condición humana, en Alemania los feligreses se atrevieron a exigir y en Colombia algunos de sus pares también han manifestado su indignación.
Es incomprensible que aquellos que han decidido permanecer al lado de la Iglesia católica insistan en defender lo indefendible (la pederastia, la corrupción, el derroche) u optar por la cómoda indiferencia. Se es fiel a un legado ideológico (en este caso, los actos y palabras de Jesús) y no a las personas o “personalidades” que obran en nombre propio.
Si quieren tanto a la Iglesia, protéjanla. Desde adentro.
Ana Cristina Restrepo Jiménez