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Una nueva historia para nuestros hijos

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Crecimos en las aulas amparados por el mantra de George Santayana: “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”; pasamos las páginas de libros, a veces mal escritos, otras no tanto, cargados de héroes y villanos, fechas, batallas; con escepticismo moderado escuchamos a profesores escolares y universitarios hablarnos sobre las incidencias del Frente Nacional y la desmovilización del M-19.

Desde ese púlpito que es un tablero, pocos se preocuparon por contarnos a quiénes no llamaron a lista para redactar la Constitución del 91, cuáles fueron las fuerzas políticas ausentes. No faltó quien marcara el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán como el punto cero de la violencia política en Colombia, como si la revolución de los comuneros fuera parte de un pasado demasiado remoto para tener relación alguna con el presente. Como Nigeria… “eso queda muy lejos”.

Esta niña, ronca tras dos siglos de gritar sus dolores de crecimiento, parece llegar a un punto definitivo de su desarrollo: la resolución del conflicto político armado.

Con morrales y loncheras al lado del pupitre, una tableta o cuaderno y lápiz, nuestros hijos toman nota de un momento histórico: ¿cómo se narra en los salones? ¿Cómo se va a consignar en los nuevos textos escolares? (¿Los habrá?) ¿Dónde están los grupos interdisciplinarios encargados de compilar esta información? ¿Quiénes avalarán esos relatos? ¿Se optará por un modelo de recolección de datos centralizado o descentralizado?

Enfrentamos una transición de índole mayor en los contenidos académicos del área de ciencias sociales.

El conocimiento impartido en las aulas no tiene el mismo poder ni credibilidad que la información difundida en los medios. El primero esculpe la piedra; la segunda es volátil. El profesor escolar ostenta una autoridad cercana que no podemos despreciar. Con frecuencia, su voz es más potente que la de los mismos padres de familia: “Eso es así: lo dice el ‘profe’, mamá”.

Un aspecto crucial del posconflicto, que tantos avizoramos con entusiasmo, está en manos de los profesores de sociales.

Hace un par de semanas, en su editorial “La voz de las víctimas en las aulas, un deber democrático”, el diario El Mundo (España) destacaba la importancia de la inclusión del papel de las víctimas en el desarrollo curricular de la educación secundaria: “Es una medida acertada y necesaria, cuya concreción requiere el compromiso de todos los partidos”. El editorial no sólo defendía la importancia de las voces de las víctimas en la narración de la historia (“es fundamental dejar claro quiénes están legitimados para hablar en nombre de las víctimas y qué mensajes y discursos las representan”), sino que abogaba para que su condición no fuera usada políticamente en época electoral.

La memoria como deber moral y la solidaridad como pilar de la reconciliación: un debate escolar que no da espera. “La historia la cuentan los vencedores”, versa la máxima trillada, atribuida a Winston Churchill. Si los diálogos han de triunfar, más vale cargar la pluma.

*Ana Cristina Restrepo Jiménez

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