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Conjurar la impotencia

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HE VISTO REUNIRSE EN ESTA ÉPOCA motivos de impotencia frente a las peores expresiones de lo humano contra lo humano.

Tres asuntos provocan al menos una reacción frente a la enorme desidia que ha permitido a lo inadmisible avanzar campante. Y a esa impotencia de lo pérfido en la órbita mundial y nacional, contrapongo lo que puedo tener a la mano: la consolidación de una opción política que sea contrapeso civil a estos asuntos indeseables.

Uno de esos motivos es el derrame de petróleo en el Golfo de México. Es la gran ironía de un sistema económico basado en un combustible no renovable y contaminante que se desperdicia de manera incontrolable, a la vez que produce un desbalance en el medio ambiente del planeta, cuya medida aún no ha sido ponderada. Las indemnizaciones a los afectados no cubren el tamaño del daño planetario que Barack Obama equiparó con el 11 de septiembre, pero en este delicado terreno ambiental de fuerzas todas interrelacionadas. También señaló cómo el haberse vuelto dependiente del petróleo ha atrasado la investigación que el mundo occidental podía haber puesto en marcha a esta altura sobre energías renovables no contaminantes. Con mucha razón llaman esto “la impotencia de la potencia”.

En Colombia, la liberación reciente de cuatro secuestrados devuelve a la conciencia el engendro de lo que aquí se creó: una esclavitud reeditada cuya infamia nos hace estar en las ligas de los crímenes de lesa humanidad. Lo que aparece como un triunfo militar conlleva en el fondo una profunda derrota humana por tener en el secuestro el inadmisible método de doblegar a la sociedad y a las personas, el cual es en sí mismo una impotencia política.

 El tercer asunto es el de comprobar cómo puede acomodarse en este período electoral a todas las propuestas, los conceptos y las palabras para armar un muñeco gigante que parece albergar dentro la que llaman unidad nacional. Cuántas concesiones, mentiras y componendas surgen con una naturalidad sospechosa con el único fin de llevar a alguien a la presidencia de Colombia y después pasar factura. Como si pudiera ser propiedad privada el poder público y como si Juan Manuel Santos hubiera limado todas sus aristas hasta volverse deslizable para caer al poder que le es tan natural. Y ver la actitud de quienes están en la rebatiña de los apoyos y que hace presumir lo que será aquello después de la elección, una feria de palos en la rueda para un carro que cada uno jala hacia su propio lado.

 Sólo imaginar lo que puede pasar con una Colombia donde el poder ejecutivo omnipotente lo domine todo y no tenga que rendirle cuentas a ningún otro porque ha logrado neutralizar al poder legislativo y al judicial es una pesadilla nacional abominable.

Estos asuntos, pues, el secuestro como tope de nuestra impotencia política y el acomodo electoral en el más desfachatado bazar político del que haya sido testigo, llaman a la consolidación de contrapesos civiles frente a un imperio prepotente de armas, recursos y corrupción.

Pero para crear ese contrapeso y darle vigor no basta el mundo virtual en el que andamos refugiados para inventar otra realidad. En el caso colombiano, la votación real del domingo 20 de junio es definitiva como oposición a los abusos y la ilegalidad. Multiplicar por tres esa fuerza tranquila e independiente de quienes no declinamos a pensar que las cosas sí pueden cambiar y que entregarnos a que decida otro por mí es la impotencia que hay que combatir en la realidad votando.

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