Publicidad

Desencantados

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Corresponde a los que tienen menos de 30 años almacenar grandes reservas de ilusión.

No de otra manera es soportable la sobrecarga química que el cuerpo tiene entonces. Aunque resulta inconveniente comparar una generación con otra anterior en términos del uso que han dado a su ilusión, es perturbador comprobar que la nueva generación, que hoy tiene entre 15 y 25 años, flota en la más profunda anomia y se reconoce sólo por su desencanto. Si ellos llevan la vanguardia de lo que pasará en los próximos 30 años, se dictamina el desasosiego social que hoy alcanza síntomas planetarios.

Multitudinarias protestas estallan en ciudades dispersas del globo y son convocadas por desamparados muchachos desde sus reductos digitales; otros experimentados saqueadores de información se entretienen invadiendo intimidades como si fueran superhéroes de sus propias caricaturas; la historia del grafitero que resulta asesinado por la espalda porque no atendió la orden de alto que le dio un policía y es enredado en una posterior denuncia de atraco a un bus; los raperos de las barriadas en Medellín que caen abatidos a manos de otros adolescentes porque vigilan cada cruce de las líneas de su territorio. Un campo minado. Un laberinto absurdo de incompatibilidades donde todo sueño parece tener impedimentos y deriva pronto en pesadilla. Una generación de inmediateces, de intimidades expuestas, de consumos inalcanzables que les dejan un sabor de desgano, de hartazgo y de desazón. Los nombres de estos muchachos que en Colombia han mostrado recientemente su desvarío, son una lista de sacrificados, de víctimas rituales en un altar incomprensible, de esta generación desperdiciada que ahora sobrevive.

“A mí, como a todos los hombres, me tocaron tiempos difíciles”, dice Borges, con la ironía exacta. A cada humano lo dota su tiempo de los anticuerpos requeridos para encarar sus propios males. No hay, pues, una edad que haya superado mejor la cuesta que otra. Los sobrevivientes de las posguerras encontraron refugios filosóficos para almacenar su escepticismo. O incubaron esperanzas en una explosión de nacimientos y dieron a luz muchos cándidos bebés que querían volver a empezar el mundo, o corregir al menos su rumbo. De allí que en la mitad del siglo pasado y durante casi 20 años, una enardecida muchachada llena de confianza en sí misma le diera la vuelta al mundo montada en el rock and roll y en la ruptura con lo establecido. Y después de pedir lo imposible como les dictó su realismo, cayeron de nuevo en bloque las crisis económicas y éticas con las que terminó el siglo 20 y empezó este 21, bien dotado de impensadas herramientas de comunicación pero desprovisto de todo propósito común. El individualismo y la decepción cundieron.

Ahora avanzamos con torpeza, regidos por la oferta y la demanda, vacíos de ideas, conducidos por la informática, experimentando terrorismos nuevos, con una economía raída que, dicen los que saben, la guía la sicología del mercado. Entre tanto se pierden años de vidas humanas del contingente de desencantados que está poniéndose al frente. Un contingente menguado de desencantados muchachos.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido