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Dos jueves, dos tragedias y un mismo país. O ni tan un mismo país.
Siete días, como los del génesis, pero a aquellos de noviembre de 1985, los separan eras completas.
Una tragedia humana. La de ese jueves 6 de noviembre de hace 30 años, que fue la verdadera hecatombe colombiana. Del Palacio de Justicia asaltado en su buena fe por armados que se creían legales todos.
La siguiente tragedia, vecina en la semana que siguió, jueves 13 de ese noviembre aciago, la naturaleza señala a Colombia qué es una tragedia vasta y muda. Del jueves al viernes el barro con hielo y piedras y lava, los llamados poética y científicamente lahares, borraron a Armero y a 25 mil personas de un tajo. Sin que mediara polémica, sin desgarrarse entre sí los culpables. Aunque claro, responsables hubo, sin duda, por los muchos anuncios que en el caso del nevado del Ruiz, como en el del Palacio de Justicia, casi tantos como en la Crónica de una muerte anunciada del genial García Márquez, pero que, esta vez, como en toda tragedia, fueron desatendidos con obstinación. Y en Armero un héroe que advirtió como ninguno lo que se cernía, el alcalde de ese hermoso lugar tolimense, quedó sepultado junto con miles de coterráneos.
Dicen que una nación no puede levantarse sin un relato fundacional y estos siete días podrían ser el de Colombia, en un sentido de apocalipsis y de génesis, en ese orden inverso.
En el infierno que todo destruyó, a muchos sirvió ese crimen de esfumar expedientes, desaparecer las altas cortes, magistrados impecables, una justicia entonces intachable que regía un país con un principio de autoridad al que las mafias y los armados, todos a una, querían deshacer. Y lo lograron.
De ese infierno inhumano (dantesco diría el emocionado narrador radial) al apocalipsis natural que tiene también mucho de tragedia humana, donde millares perdieron en esa noche la vida, los parientes y los haberes, tiene ese algo de génesis que al día tercero ya empezó a mostrarse como un renacimiento.
Entre ese jueves del Palacio de Justicia (la toma y la retoma, le dicen periodistas dados a acortar las cosas) en el que a Belisario Betancur, primer presidente de Colombia en hablar de veras de diálogo para salir del conflicto, recibió de parte de guerrilla, militares y mafia (entonces los carteles de la droga estaban en auge) un ultimátum para mostrar más poder que el de los jueces cuyo único instrumento era la razón y el conocimiento, y estaban patéticamente confinados en ese horno crematorio en el que se convirtió ese costado norte de la Plaza de Bolívar ese jueves 6 y, cuya tanqueta entrando, tenemos grabada en la retina quienes vivimos ese momento. A partir de ese instante, oh confusión, oh caos. El poder no fue el de las leyes sino el de las armas.
Creo que ese personaje trágico que es el propio Betancur, engañado, fue conducido a esa hecatombe donde perecieron tantos ilustres y tanto documento crucial. A partir de ese instante, como ocurre en Colombia ante cualquier hecho nimio o trascendental todos supieron con exactitud qué debía haberse hecho. Periodistas, políticos, tinterillos alzaron la voz para señalar culpables, excusándose ellos de incluirse en el baile, claro.
Entre tanto, el volcán que llevamos entre todos rugió y explotó por la boca del río Lagunilla. Y ya allí todos sabemos qué pasó. No hay polémica posible. Lo que no sabemos es qué sigue. 30 años después no hemos podido saberlo.