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Él es Tomás

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En medio de temporales que se ciernen y de personajes que se perfilan como amenazas, un ser extraño para este mundo de vanidad y desvarío es para mí un alivio.

Una señal de lo que puede hacer la palabra escogida y la mirada escrutadora que es a la vez honda, humana y compasiva.

Tomás González es el raro fruto de ese rango extenso que en Envigado, Antioquia, va desde Fernando González, el filósofo, hasta Pablo Escobar, el engendro. Cero apóstol ni menos gurú, sino algo más difícil todavía en estos tiempos, un ser intocado. Y no porque se defienda con fiereza, sino al contrario, por su clara indefensión que no oculta. Como tampoco disimula su humor fino que blande preciso. Él es todo lo contrario de tanto personaje de los que ahora intentan volverse las legiones de comunes y corrientes. Tomás dice en una entrevista a John Galán Casanova “comparto la extrema desconfianza y relativo desinterés por la fama y por lo que ellos llaman ‘gloria’. Soy más bien tímido y anarquista hasta cierto punto. La timidez no es más que sensibilidad extrema hacia el ridículo y por eso sé que la mayoría de las personas empiezan a hacerlo cuando logran algo de fama. Casi nadie se salva de las poses o de las imbéciles gafas oscuras. Jóvenes y viejos hacen el ridículo por igual”.

Tomás es un silencioso artesano escritor que comenzó a los 18 años y solo a los 30 quiso publicar Primero estaba el mar, la primera de sus siete novelas cortas, que en este 2013 han lo han llevado a Temporal, y que fue trabajando al comienzo entre lecturas aleatorias y ser traductor al inglés de libros técnicos en Estados Unidos durante 16 años, despojando la escritura de adornos que rechaza como literarios y que acusan vacíos de información. El mundo en su obra está circunscrito a la familia que ha conocido, a los paisajes con los que se ha fundido y a un lenguaje nítido, que toma de la vida real el coloquio de los diálogos; y la fuerza de las descripciones, los ritmos, los dejes narrativos hechos de oído, el uso de voces que cambian la perspectiva del relato en cada momento, allí quedan calladas pero vigentes, sus horas de lectura de escritores claves y una música interiorizada.

Cuando digo de alguien que es intocado trato de encontrar ese lugar en el que vive consigo mismo, en este caso Cachipay, Cundinamarca, en medio de un jardín, sin asedios de perfiles sociales, sin obedecer ridículas órdenes de Soho para que emprenda una exploración como buzo por un día, ni de una revista de peluquería que lo incluya en el embeleco de desnudar a los que tienen más de 60; alguien con el respeto de haber llegado a ser zen al haber leído sus poetas y haber comenzado a despojar de intenciones las horas en las que practica “sentarse a solo ser” para unirse al universo y borrar los límites del yo. Tampoco es pose espiritualista de diva rencauchada, sino la honestidad de quien se ha buscado a través de la oscuridad y del dolor en una destilación que se ríe con malicia de ese primate que piensa y que por un accidente evolutivo quedó esgrimiendo un impulso de dominio que se ha vuelto devastador.

Tomás, quien estuvo de niño al lado de su tío Fernando, al que vio interactuar con intelectuales y otros, no dejó que lo suplantara ninguna mirada ajena, ni siquiera la de los libros. Que la vida fuera de oído y de delicada vista la que saliera a flote en sus libros, que uno tras otro han hecho de él un ser neto, necesario, sin adornos. Todo eso y más es un alivio.

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