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Él para ella

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Es incómodo este tema sensible. Hablar de la mujer como si yo pudiera ser vocera.

Es incómodo este tema sensible. Hablar de la mujer como si yo pudiera ser vocera. Me molesta ese día en que se celebra el género cuando se conmemora la tragedia de unas obreras incineradas a cal y canto en su taller como esclavas, y que ahora deriva en un bazar de rositas, una feria de embelecos regalados con dejo culpable. Cuando nos felicitan, ¿qué están diciendo? ¿Qué nos celebran si no escogimos ser mujeres? Resaltar la condición de ser distintas a los hombres, de ser el 51 por ciento de la humanidad que es minoría.

Me queda claro que es superior la empatía de una mujer con otro ser humano en todas las circunstancias: por dotación genética o por inclinación cultural de dar incluso antes de que se requiera. Es pura selección natural, supervivencia de la especie, o lo que sea. Pero esta empatía produce un abrumador número de familias encabezadas por una sola mujer, que su entorno da por hecho que para eso está. La desigualdad la cerca dentro y fuera de su casa. Y la acosa: el maltrato en la intimidad la hace objeto y la reduce a víctima. Y además la llaman vieja, la creen enredada, desbordada, cansona. ¡Qué trato considerado!

La discriminación persistente de las niñas y su abuso entre nosotros, que también existe en China y en India, culturas milenarias que las desahucian al nacer o las evitan como a una maldición… Qué hace, pues, este mundo misógino dedicando con hipocresía un día al año a la mujer.

Esta incomodidad, y a la vez la deuda que implica ser una mujer con oportunidades, con respeto y admiración, llevó a Emma Watson, la niñita de Harry Potter, a sacar su solvencia emocional e intelectual en el discurso de 12 minutos ante la ONU en septiembre pasado para expresar su convicción en la campaña He for She, su manera de entender la inclusión y el feminismo, una tendencia amorosa de igualdad y oportunidad de multiplicar el respeto de mujeres y hombres.

La aparente fragilidad y timidez de Emma junto a su solidez intelectual (graduada con honores en la Universidad de Brown) logra que el banal mundo mediático parpadee: ¿y cuándo creció? ¿Qué es lo que dice? No existen odio ni oposición de mujeres feministas contra hombres sometidos, sino un necesario propósito de igualdad y convivencia que nos une. Y al venir de esta enfática jovencita sonriente, se multiplica como un virus útil.

En otros países donde discutir se usa, esta propuesta sugestiva se ha vuelto tendencia. Después de valerosas mujeres que abrieron a sus congéneres compuertas sexuales, laborales, familiares y sociales en los años 50 y 60, viene ella ahora con una bocanada de aliento fresco a decirles a las recién llegadas que el mito de la princesa y la cenicienta impide buscar la igualdad juntos, hombres y mujeres. Y este cambio es requerido en el planeta desgastado.

Hablar de feminismo de manera íntima y cálida tiene otro sentido para la generación indiferente a la igualdad. Y esta Emma significa en un sentido propio lo que para el siglo XIX fue Emma Bovary: una mujer puesta en escena por Flaubert para lograr ver lo desapercibido. Alguien a quien se comprende, se respeta, se protege.

Esta condición femenina encarnada por Emma Watson atrae la atención sobre lo que desestimamos. No es el homenaje insulso de cortejar a la mujer un día para amansarla e ignorarla y maltratarla el resto de los días, y vuelve imprescindible hablar de este tema sensible. La más básica revolución humana, la de ser hombres y mujeres humanos por igual.

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