Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
CONVENDRÍA GUARDAR EN LA MAleta que empaca el presidente Álvaro Uribe para abandonar el poder la próxima semana, al menos dos momentos opuestos donde él pueda, en la calma de su “hermoso ejercicio de ser ciudadano”, mirar cómo fue el proceso de transformación personal durante estos ocho años. Una imagen que corresponda al comienzo de su mandato y otra al final, claro.
El momento revelador cuando se dio a conocer al país su incontrolable iracundia, cuando el referendo que él convocó contra la corrupción y la politiquería fue derrotado, muy al comienzo de su gestión. En ese instante el Presidente tuvo que encerrarse porque no podía encarar públicamente todo lo que lo desquiciaba el fracaso. Y algo muy hondo se tuvo que haber mutado dentro de él porque ese, que era uno de sus propósitos centrales, quedó relegado hasta alcanzar hoy el nivel de desbordamiento de ambos vicios colombianos.
Y la otra imagen de contraste para su carácter, es la del último consejo comunal con palmaditas recibidas de sus escuderos, unida a la de su cara de júbilo en el gran concierto nacional con el que Uribe quiso celebrar el Bicentenario para quedar en la televisión unido a la historia, y la de la gira artística con la que ha recogido agradecimientos por toda Colombia, los mismos que sembró con gran interés. Este es el remate de los ocho años del presidente Álvaro Uribe, con los cuales su afición por el poder apenas comienza.
Pero volviendo a aquel propósito inicial que parecía sincero, de combatir la corrupción y la politiquería, ¿el estado de cosas del país es un molde tan inexorable como para que aun un presidente con popularidad y con ambición de ser un personaje histórico se someta a la tiranía de los favores políticos, a la condescendencia de lo que se ha configurado a espaldas del país como un poder en la sombra? Es insalvable, pues, a juzgar por la grave pérdida de ímpetu de Álvaro Uribe de mantenerse en el propósito de transformar las cosas y quedar reducido a un eslogan de seguridad democrática y confianza inversionista. Así él haya quedado satisfecho con haber dejado intacta su popularidad, el seguro de vida política que mucho le sirve.
Es probable que al futuro ex presidente Uribe no le interese ahondar en sutilezas de cómo era él cuando entró a la Casa de Nariño y cómo es hoy cuando sale, dejando muchos hormigueros alborotados por sus incontrolados raptos de ira y un círculo pérfido de corruptos que lo rodeó, pero algo de sus transformaciones tendrá que trastearse en la maleta empacada, para fabricar lo que sigue sin querer intervenir en todo cuanto pasa en Colombia. Tendrá pues que ocuparse de los asuntos pendientes personales para deslindarse de la jugada pública, en este nuevo gobierno que muestra un tono de mando de entrada.
Tampoco está dispuesto el nuevo presidente Santos a tomar lecciones de su antecesor. Nadie más envanecido que quien ha sido elegido de manera contundente y cree que no le debe nada a nadie. Pero para los observadores del poder sí interesa constatar cómo va a ser el Santos de la entrada, con aires de técnico, y cómo va a volverse tras ocho (¿?) años de desgaste y de sometimiento a la deslustrada política colombiana. Más allá de análisis y especulaciones, para el país más vale que en lugar de teflón como tuvo Uribe, Santos tenga voluntad para mantenerse con un ánimo transformador, así su popularidad se ponga a prueba. Esa es la diferencia del estadista con el caudillo.