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La barbarie y lo opuesto

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REVIVE, CON LA MUERTE A SUS CIEN años, el método de análisis de Claude Lévi-Strauss, como una sugestiva manera de mirar la construcción que se ha hecho a partir de vacíos y de inventos en la memoria colectiva.

Ese antropólogo que miró lo salvaje con un interés distinto a separarlo de lo civilizado, podría ayudar a mirar lo bárbaro entre nosotros como una materia de la que puede estar hecho su opuesto.

En la misma semana en que muere Lévi-Strauss, después de 23 años del Palacio de Justicia, un puñado de investigadores muestran que cada uno por su lado ha buscado sacar una verdad que ha sido escondida por quienes preservan la confusión. La misma semana también prescriben los siete años de gracia que dos presidentes de Colombia pidieron a la Corte Penal Internacional para hacer un proceso de reconciliación interno, que por supuesto no se ha hecho. Y esta semana sabemos que somos uno de los países observados por esa Corte, lo cual, dada la magnitud de la catástrofe humanitaria que aquí padecemos, es elemental.

Hay que acudir a un Lévi-Strauss, capaz de relacionar el saber humano y el social, cuyo análisis es una manera de leer, porque el lenguaje es lo que establece la cultura, para emprender la revisión de nuestra ancestral manifestación agresiva, con los pares de opuestos sobre los que se ha construido la civilización, como Lévi-Strauss señala. Podemos estar parados y ciegos en oponer el yo (el mío) al otro (el que está afuera, que es mi opuesto), y un nosotros (los que conozco) a un ellos (lo desconocido); o un miedo (como acción) a la guerra (como reacción). Aquel francés ayudó a evolucionar los saberes sociales a partir de conocimientos opuestos como el psicoanálisis, la geología y el marxismo y así se puede reconstruir la trama social, con sus desconocimientos y las manifestaciones aún no reconocidas.

Es un hecho que Colombia tiene toda una generación de sociólogos, politólogos y antropólogos que se ha entregado a recuperar los componentes de las guerras, las violencias y las expresiones bárbaras de las diferencias sobre las que estamos parados. Estos estudiosos han logrado documentar lo que nos viene pasando, aunque todavía esto es un objeto de estudio externo más que una materia de la que estemos compuestos culturalmente. Hay muchos hallazgos que darían a las ciencias sociales colombianas una estatura mayor a la de otros países latinoamericanos. Baste mencionar a la investigadora María Teresa Uribe, que ha puesto al descubierto que las narraciones de la violencia terminan acuñando los hechos. O la persistencia con la que el antiguo militante del Eln León Valencia hace del levantamiento de todo el mapa del fenómeno paramilitar para, con la reconstrucción de los hechos de crisis humanitaria que nos han ocurrido antes, permitir un espacio democrático donde las armas lleguen por fin a inutilizarse.

Pese a la impunidad persistente que tiene como síntoma el Palacio de Justicia, y de lo remota que aparece para los responsables de los hechos la Corte Penal Internacional, es la lectura de este país y su análisis incesante como un caso para la humanidad, lo que puede impedir que lleguemos a naturalizar nuestra barbarie como la quintaesencia colombiana, hecha de desdén político.

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