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La conciencia secuestrada

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EL SECUESTRO QUE NOS TIENE SEñalados como un punto rojo en el planeta, se ha ido volviendo el destino aciago de Colombia, su amargura y su culpa.

Con este dolor expuesto a través de los medios en los últimos años, no sólo sentimos vergüenza e incertidumbre los ciudadanos, sino, y en primer lugar, los periodistas. Ellos tienen un oficio que no es de elección popular, pero que es la representación pública del derecho a la información y les deja en sus manos a veces el ser mediadores entre secuestradores y víctimas. Este difícil lugar que ocupa el periodista es un interrogante ético: ¿cómo ocuparlo sin servir a la explotación del dolor y al tráfico humano que entraña el secuestro como extorsión emocional?

Si no hubiéramos conocido las horribles imágenes infrahumanas de los rehenes en la selva, o no hubiéramos recibido su testimonio al salir, no sentiríamos esta responsabilidad incómoda frente al secuestro y a poder acabar con él. Por eso los hechos que ocurrieron alrededor de la liberación de los seis más recientes (Wálter, Alexis, Juan Fernando, William, Alan y Sigifredo) descubrieron el ambiguo y pernicioso papel que cumplieron dos periodistas ante los secuestrados y ante el mundo. Jorge Enrique Botero aceptó ser garante de la liberación en un acto humanitario, pero lo contradijo en el momento de volverse periodista siendo rehén, durante la entrega, para lanzar en directo unas acusaciones que pudieron reversar el propósito de liberación y haber dado lugar a una masacre.

Otro periodista, Hollman Morris, por razones inexplicables, estaba allí registrando el hecho para medios internacionales, en entrevistas que luego se revelaron tenían respuestas obligadas por los captores bajo amenaza. Una reacción inmediata ante esta falta de seriedad e independencia de ellos, fue impedir a los demás periodistas que estaban a la espera de los liberados, cumplir su papel de informar. Abominable la irresponsabilidad de Botero y Morris como mercenarios de la primicia, cuando arriesgaban la vida de muchos, pero inadmisible a la vez la consecuencia de generalizar la sanción a todos los otros.

El contraste claro de lo que el periodista puede hacer en esa situación es Daniel Samper Pizano, quien fue como garante en la misma condición que Botero. Su decisión humanitaria de contribuir con seis secuestrados menos, no lo confundió en ningún momento ni usó esta delicada tarea como un puesto de avanzada para servir de filtro de información a los medios. En las manos tenía la vida de personas y esto le hizo saber cuál era su lugar.

Este paradójico episodio produce suficientes interrogantes sobre el papel que la prensa colombiana tiene ante el secuestro si no quiere servir de instrumento al chantaje que la guerrilla, o los demás secuestradores, pretenden hacer para conseguir sus propósitos a costa de otros. Ante la herida abierta a Colombia del secuestro como una carga en la conciencia colectiva, cada nuevo hecho nos revela la oscuridad de este tráfico de la vida humana y deja una pesadumbre, una encrucijada. Si la sociedad no sabe qué hacer frente al secuestro, los periodistas, por ser la avanzada informativa, están obligados a tomar una posición visible para no dejarse secuestrar la conciencia.

La credibilidad de Botero y de Morris es nula ahora: usaron la noticia por encima de las consecuencias que tenía sobre la vida de otros. Ser humanos antes que periodistas debió ser el imperativo. Si tuvieran libre la conciencia.

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