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La escala del arte

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AL FINAL DEL AÑO ESTÁN REBOSAdas las aguas turbias que han salido a flote y está en su punto más alto el descreimiento que dejan tantas sombras aparecidas en los medios.

Descubrir a esta altura que hubo periodistas en torno a DMG que sirvieron para que el emporio tuviera un espacio social, da fastidio. Pero no hay un tribunal profesional que sancione sacando del ejercicio profesional a quien ha faltado así a la ética del oficio. Además cierra este 2008 la crisis económica que ha tocado a medios de la solidez del New York Times o de Los Ángeles Times. Pero ya no hay cuerpo que resista más arremetidas del año en que todo se movió y se desbordó. Por eso busco sin disimulo un bálsamo que permita restaurar un tono que corte la saturación represada.

El arte es ese otro tiempo que espera aparte, es ese encuentro permanente donde poder acudir para recordar que el apocalipsis no es inevitable y que el origen de las cosas no fue esta mañana funesta. Una exposición, una película, un libro están ahí al borde, riéndose del inútil frenesí de la actualidad. Del pasajero destino de los vanos acontecimientos.

Opto por dos llamativos anuncios: La escafandra y la mariposa  y Rojo como el cielo. Aunque escaso en carteleras, el cine memorable cae como sol benévolo después del invierno descarnado. Encajan las dos como precisos mecanismos donde los sentidos tienen una satisfacción neta. Cuentan, y cómo cuentan, la historia verídica de dos personas  que en el límite de sus facultades encuentran en el arte un lugar para habitar. El sonido da dimensión a uno y las palabras rescatadas devuelven al otro el hilo para recorrer el laberinto.

No hay en su vida de editor de la revista Elle nada que sea tan bello como el hallazgo de otro ser capaz de recibir el único mensaje posible del párpado que se le mueve. El resto está quieto y no importa. El mundo afuera percibido por la ranura que quedó, sirve para sacar la emoción que reposa adentro; el sentido despojado de ocupaciones queda en evidencia. Un grito callado, un primerísimo plano, una cámara subjetiva donde los otros observan lo que resta de él. A él lo asiste adentro la ironía, la perspicacia, la fuerza para comunicarse con quienes lo rodean desde otro plano. En La escafandra y la mariposa la cámara y la actuación juegan a sentir lo humano desde el borde desconocido: la potencia de estar vivo y mostrarlo en el encierro, el silencio, la imposibilidad. Los planos de sonido, de narraciones paralelas, señalan las luminosas diferencias de lo que se ve y lo que se siente. La velocidad del tiempo pasado y la inmóvil del presente: los cruces hechos por la memoria y la percepción. Alegría triste.

En la otra es el escueto y desolado internado donde los niños ciegos reúnen sus fragilidades alentadas por rabiosos adultos, pero que no derrota a quien saca un mundo de adentro para contarlo con ruidos. El editor de sonido que nace de su ceguera en una confabulación lograda con otros para atrapar la imaginación cuando se expresa. Sin límites distintos de los reales, la belleza de Rojo como el cielo tiene en la percepción la escala de lo que sirve el arte como refugio último de lo que importa. Un recodo intacto donde está esperando que pase todo necesitado para que recobre la vida tirando de una punta perdida. El arte concentra escalas de sentir que han sido perdidas en la roma superficie de los acontecimientos. Y recupera el tono, sin duda, por fuera del vano apocalipsis cotidiano.

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