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Nadal

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LOS DIOSES GRIEGOS, TAN CERCA-nos a los hombres, encarnaban unas dimensiones delirantes o trágicas de los límites humanos, que aparecían en la búsqueda de algo insondable que llevaban por dentro. Esto era el motivo de poetas y dramaturgos en obras que iluminan todavía, después de siglos de haber sido concebidas.

En nuestros días, en los que es perecible casi todo, son lejanos los héroes. Requieren materiales humanos que no son comunes y es más expedito usar los talentos en el sentido de monedas que tenía en la antigüedad, que en el de aptitudes cultivadas.

Es raro encontrar condiciones en un deportista que no sean las del rasero común de los títulos y los premios, para acercarlo a esta lucha interior de descubrir sus límites. El tenis es, en ese sentido, una disciplina solitaria con un enorme contenido mental a la vez que físico, para potenciar en estos seres el medirse con otros referentes. La historia de este deporte está llena de nombres que han acumulado récords de títulos en un gran cuadro de honor. Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic son los recientes tres de este legado.

Pero es Rafael Nadal quien con 24 años alcanza un implacable entrenamiento en descubrirse con sinceridad en sus topes altos y bajos. Nacido en Mallorca, entrenado por su tío, ha hecho del tenis una suma en que la rapidez, la fuerza y la concentración tiene un solo ímpetu, sin importar quién sea su contendor, el más alto o el más bajo de la tabla de clasificación. Usa un gesto infantil cuando da pasos corticos antes del saque como para tranquilizar su ánimo; y dispone en un orden inalterable e igual las botellas de líquido que deja al lado de su asiento luego de tomar un trago de una y después de la otra; abandona por la mitad el banano que necesita para recuperar la energía en los partidos que a veces le toma cinco horas en resolver. Le gustan las canchas de polvo de ladrillo que son más difíciles y a veces al final, cuando no puede creer que ganó, se tira de espaldas al piso para descargar la adrenalina. Así asimila lo que siente.

Hasta ahí es uno más de los tenistas, caracterizado por el color vivo de sus vestimentas y por su corrección de no lanzar con ira una raqueta ni soltar al otro un improperio en momentos de tensión, a la vez que reconoce un buen punto que lo desfavorece, cuando no lo vio el árbitro. Es lo que podría decirse, un buen muchacho.

Pero lo que hace de Nadal un personaje más heroico en el sentido inicial, es su lucha por no dejarse vencer por un límite, por una sombra que en su caso es mental, por una reiteración inconveniente de una jugada y poder usarse a fondo él mismo sin importarle si lleva un tiempo como número uno del tenis del mundo, porque él sólo quiere jugar y al hacerlo, descubrirse a sí mismo. Cada uno de sus partidos es sufrido pero intenso hasta el final porque no entrega ni un espacio. Tiene un lado trágico a pesar de su juventud porque está por mitad entre la simplicidad y el heroísmo. A pesar de sus resultados económicos, que son incontables, no tiene la sofisticación de Federer, que en términos comerciales es como un Rolex, ni el histrionismo de Novak, que se lleva al público en el bolsillo y al papá y a la mamá para hacerle barra. Nadal es un solitario devoto del tenis al que le cuesta minuto a minuto medirse con él mismo. Un héroe temprano en épocas de causas perdidas. Un provinciano templado que deja ver su esfuerzo.

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