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Pie con bola

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Por la metódica ignorancia del fútbol, como mujer típica de mi generación, me perdí momentos irrecuperables y sólo miré de reojo mundiales de fútbol —México-70 hasta acá, y ya adulta— en compañía de curtidos conocedores, asistí en pantalla al desenlace de Champions Leagues o Copas de Naciones o al estadio concurrí veces contadas: a ver a Cueto en el Nacional, el triste homenaje al asesinado Andrés Escobar o de sonsa turista, a la que orinaron, en el Maracaná viendo al Flamengo, o en la Bombonera al Boca Juniors.

Este deslumbramiento del fútbol data del Mundial de Brasil 2014, que ha pasado de la cúspide al abismo sin solución de continuidad. El equipo de muchachos recién descubiertos, que bailan juntos tan bien como juegan en la cancha, situó a Colombia en un lugar respetable al que la curiosidad y la admiración llegaron. México, Costa Rica y Chile mostraron intensidad e interés y volvieron sus partidos emoción neta. La desgracia de España y Portugal mostró la cara trágica de los reconocidos. Los japoneses pasaron rápidos como su juego y los africanos dieron lecciones de entereza y salieron con dignidad. Los árbitros, con excepción de dos ingratos (japonés y español), dejaron jugar y aquello que pasó en la cancha fue una fiesta que se transmitía al mundo en infinitos espejos de pantallas televisivas.

Pero lo que abrió al Brasil agüerista con un autogol de Marcelo frente a Croacia no logró vaticinar lo que vendría: el derrumbe de su reputación de ser los mejores del mundo desde Pelé y Ronaldo. Alemania lo sacudió siete veces en su propia casa y haber sacado a Colombia fue sólo uno de sus cargos. Todo se les vino abajo a los brasileños: mientras a Colombia le cometieron 31 faltas, a Alemania, 11; la lesión de Neymar, involuntaria por completo, del colombiano Camilo Zúñiga, abrió lo peor que tiene el fútbol cuando falta el juego limpio: simulación, amenazas, apostadores, corrupción, riñas, muertos y la ausencia de un orden representado por un juez respetable en la cancha, o de un entrenador que saque de sus jugadores lo mejor.

Expertos en Colombia y otros países mencionan lo que significa el fútbol como guerra simbólica, que puede ayudar en la construcción del trámite para los conflictos sociales. Esa representación de papeles violentos regidos por un orden que se respeta es el desahogo de una tensión que concluye donde debe ser. Pero también desata furores incontrolados que producen riñas y muertos, como en Bogotá, mordisco en la cancha como el de Luis Suárez, con pena máxima, accidentes y hasta bochornosas trifulcas de “niños bien colombianos” como la de Río de Janeiro, o desastres varios.

Pero ha salido airoso el fútbol entre el trampeo y el abuso de segundas intenciones que lo rodean; no se necesita saber mucho para declarar ya a Alemania campeón de esta copa. Pero es la Fifa la que ha destapado la peste en el fútbol y con sus 110 años como organización mundial que supervisa más países que las Naciones Unidas sin auditoría, su capo di tutti capi, Joseph Blatter, ha logrado desacreditarla con reventa de boletería, ausencia de tino en la selección de los árbitros, corrupción al atribuir sede al Mundial, hasta crear caos y sembrar dudas sobre lo que en la cancha debe resolverse sólo con talento, inteligencia, honestidad física y mental.

Si podrá sobrevivir un deporte planetario a esta fuerza oscura que lo permea hasta dejar ver un Mundial más con el enorme gusto con que hemos visto este, está por verse.

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