Publicidad

Pulso

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Resulta sospechoso el episodio del general Alzate para el país urbano que va al gimnasio a ejercitarse, pero que mantiene aún más en forma la desconfianza por el otro, por sus intenciones y su comportamiento.

Que un militar haga trabajo con la comunidad. Que vaya a un caserío vestido de civil y lleve un perro en la panga como todos los pescadores y los lugareños. Que lo acompañe una asistente abogada. Que parezca cumplir una cita cuyo propósito guarda el general porque es probable que fuera una trampa de la guerrilla. Y cuando vuelve con vida y aparece al lado del guerrillero Alape, que vino de La Habana a su liberación, peor que peor para este mundo urbano sentado en la sospecha y en la superioridad que le da su poder de ridiculizar, de ofender, de humillar a todo aquel que tenga una intención desarmada en su interior. Aquí triunfa el guerrerista de todos los frentes, sean senadores de la República, militares en retiro, ministro de Defensa, periodistas de postín, oyentes y televidentes domados por la dosis diaria de ira que se les suministra a través de noticieros: a todos les parece que el episodio de Las Mercedes en el Pacífico (léase el contraste de palabras con la guerra en la que encuadran) es la prueba de que el diálogo y la conciliación son un imposible metafísico. La inutilidad de lo que tarda mucho y que avanza y retrocede como corresponde a cualquier empresa humana.

Un pulso, pues, entre el país urbano y el ignoto donde la naturaleza imprime sus reglas a la vida diaria.

En el Pacífico, mar, ríos, esteros entreverados con la selva tupida, son desde hace tiempos escenarios sumidos en la guerra del tráfico de armas y drogas; en el miedo, la violencia diaria y el sometimiento. En este territorio indomable, la subsistencia está entremezclada con la casi infinita promesa de riqueza en biodiversidad. Promesa de futuro y atraso a la vez, como en ninguna otra parte de Colombia. Abandono al destino de unos políticos cuya corrupción sólo se compara con la ambición que cultivan.

En este 2014 aciago comenzó la focalización noticiosa del Pacífico con aquel término acuñado por ansiosos reporteros que usaban luces infrarrojas para sus informes televisivos: las “casas de pique”. Buenaventura fue el centro de esta crueldad desatada. Atentados en supermercados en Quibdó parecían obedecer a cobros de vacunas y a un paramilitarismo latente. Episodios que volvieron la mezcolanza de violencias un territorio próspero para conjeturas y por ahí derecho confirmar la indiferencia del país que prefiere ignorar a participar o ayudar. Después viene el episodio del que los muy entretenidos citadinos llaman el general papaya y recientemente un asalto a la isla de Gorgona, donde la naturaleza, los turistas y la Armada tratan de convivir y restablecer sus vida en lo que antes fuera una tenebrosa prisión.

Que el general Alzate haya hecho un camino de confianza y de trabajo con la comunidad es mal visto por la actitud militarista que sólo sabe de correlación de fuerzas y de mostrarse los colmillos…

La confianza y la reconciliación están lejos para un país al que la guerra ha adiestrado en no creer nada a nadie. Donde la sospecha es el único alimento que no le falta a ningún colombiano. Donde ceder o contribuir son síntomas de debilidad y donde un general con el compromiso de servir, como Alzate, tenga que entregar su uniforme y su rango por ser presa de una tragedia de equivocaciones.

Qué pulso infame.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido