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Remedio infalible

Ana María Cano Posada
18 de septiembre de 2008 – 09:14 p. m.

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HABLARON DE REVIVIR A YO Y TÚ. Apareció el Chinche Ulloa en la expedición de los 200 años de la muerte de Mutis. Unas semanas antes se produjo una polémica porque el Secretario de Cultura Ciudadana en Medellín dijo que el humor de Montecristo perjudicó a los antioqueños. En septiembre se recordó el lamentado asesinato de Jaime Garzón. Todos estos personajes han escrito del humor, uno de los pocos y reconocibles capítulos que Colombia ha tenido del tema.

Yo y tú marcó una época televisiva donde la comedia familiar servía para hacer caracterizaciones muy santafereñas de la clase media, en la que lo más estrambótico era una pareja de existencialistas que leía a Marcuse y que encarnaban Consuelo Luzardo y Pepe Sánchez. De aquel humor cándido hoy no podría hacerse nada distinto a una serie de vecindario con episodios obvios.

Don Chinche fue la siguiente serie de televisión de fin de semana con ciertas caricaturas regionales que ampliaron el círculo, pero mantuvieron un humor costumbrista que dedica al lenguaje y al vestuario la máxima atención. Otra inocencia impensable hoy.

Montecristo fue el proverbial humorista paisa, repentista, con doble sentido, cuyos libretos tenían chistes, ese humor de cuentos que todavía hace Sábados Felices y que parece el más perdurable espacio de humor colombiano trillado. Montecristo era la risa provocada al nombrar lo que no se podía decir con tranquilidad, con un deje rural y provinciano, que todavía sigue vigente en algunos comediantes de esta época del stand-up comedy.

Es tan difícil hacer humor político que sólo Jaime Garzón logró inaugurarlo con vigor. Conseguir la caricatura precisa y el apunte ácido sobre la actualidad. Crear personajes y recrear las figuras existentes. Hacer lo que unos caricaturistas, pocos, han hecho en los periódicos, pero dirigirlo a la masa sintonizada. Posteriores intentos como Francotiradores quisieron usar el humor pero sin la puntería que tenía Garzón para darle a la cuita colombiana y ponerla en escena. Se necesita una gracia histriónica como la suya unida a la agudeza con la que podía escribir guiones, algo que rara vez se da en una sola persona. Por eso pudo ser efectivo y significar tanto en un país inepto para reírse de sí mismo.

Humoristas como Andrés López, que caracteriza las mentalidades de las últimas generaciones en este país; o como Tola y Maruja que hacen por escrito y en televisión el comentario irreverente sobre lo que se ve y no se traga, son otros que persisten y cubren la necesidad de ironizar y ridiculizar con lenguaje contemporáneo. Lo hace también La Luciérnaga en radio, con caricatura política y la intenta clonar El Cocuyo. Lo buscan Karl Troller y Eduardo Arias, como una forma de revivir a Chapinero, su primera incursión escrita. O lo hizo Frivolidad, una revista que hicieron Carlos Mario Gallego y Sergio Valencia antes de ser Tola y Maruja. Pero esas miradas ácidas, el humor lúcido, irónico, cuenta con la dificultad del talento que requiere, más el consabido temor que puede tenerse ahora a marcar distancia con el poder y la reserva que la publicidad pueda tener con él al juzgarlo inconveniente.

El humor contemporáneo, los espacios dedicados a él en los medios y los humoristas aptos para salirse del chiste y del costumbrismo, tienen una asignatura pendiente. La escuela para cultivarlo en Colombia no está disponible. El público espera sentado que aparezca. El humor es remedio infalible en épocas lúgubres como ésta. Lo echamos mucho de menos.

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