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Mucho indignado con el reinado de las niñas en Santander ha prestado a su hijo para un anuncio, un concurso o un comercial. Indignación y pudor políticamente correctos aquí para reconocerse ciudadanos con afinidades y repulsiones de la vida en común.

No por antigua es admisible la costumbre de usar niñas como diversión de adultos. La protesta alinderó la orilla rural y la urbana como mentalidades incompatibles. Y este revuelo contrasta con el hábito urbano de usar niños para otros menesteres. Ninguna molestia produce su venta y rentabilización en publicidad.

Papás de toda condición promueven a sus hijos para comerciales, fotografías o concursos. Estos adultos temen que sus niños accedan a lo inadecuado por internet o televisión, pero los inducen a la publicidad. Desigual sentido crítico: aguzado en lo lejano, complaciente en lo usual.

Ciudades cubiertas de vallas que indican dónde, cuándo y cómo ser felices. Medios donde hablan y cantan niños adiestrados como loros para repetir lo que no entienden y exhibir lo que a adultos les interesa que vendan. Ropa, papel higiénico, urbanizaciones, pilas, seguros de vida, cajas de compensación, remedios, colegios, supermercados, salchichas, zapatos, celulares, pastas, gobiernos, carros, universidades, mascotas, vendidos por una legión de niños amaestrados como carnada.

Cada modelo tiene al menos un adulto responsable que no lo salva de esta red comercial en la que por plata baila el mono.

Y quien contrata el trabajo infantil no infringe el Código del Menor ni el principio 2 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño: “gozarán de especial protección, y serán provistos de las oportunidades y recursos necesarios para desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente de manera normal y sana, y en condiciones de libertad y dignidad”. Y el contratista infantil hasta se indigna con un niño que pide limosna en el semáforo y le pregunta por qué no está estudiando.

Lucen normales los niños actuando en publicidad, haciendo y diciendo lo que les ordenan. Y se sienten escogidos sus apoderados. Ese niño que cuando se mira al espejo todavía no reconoce al que aparece, ya ha sido transado.

En Estados Unidos y en Europa prolifera este uso de minidivas que han vuelto codiciables celebridades a cuyos hijos convierten en marcas desde que nacen.

Y la sociedad adulta, hipócrita, difumina las caras infantiles para protegerlas en diarios y noticieros. Y millones de perfiles de niños surcan las redes sociales, saltan las barreras. Y aquí repetimos lo del derecho a la intimidad, al buen nombre y al libre desarrollo de la personalidad.

El Código de Autorregulación Publicitaria en Colombia, en 2013, reconoció que “la publicidad deberá respetar los sentimientos de credulidad, confianza y lealtad de los niños, niñas y adolescentes y no podrá utilizar la manipulación de sus emociones de tal forma que tengan por objeto crear hábitos de consumo excesivo o compulsivo o desarrollar conductas que atenten contra su vida, su seguridad, su salud e integridad”. Y a renglón seguido hace casting, agencias especializadas, o los pescan en centros comerciales, colegios o en Instagram.

Esa tarde vi en el parque lo que parecía el rodaje de un comercial: un picnic con bebés sentados con sus mamás en cajas rústicas. Terminó siendo una piñata en escala menos uno. Seguro las fotografías que subieron ellas ya deben haber hecho sonar la registradora familiar con algún anuncio para el pequeño príncipe.

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