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ARGENTINA Y MÉXICO TIENEN UN lazo en común. Una palpable alma popular expresada en el arte.
Ella es un sistema inmune contra el avasallamiento de la música, ahora homogénea y que hacen del mundo un pañuelo que hace irreconocible un género, un aire, un tono, o unas letras distinguibles y disfrutables como únicas.
Y puede haber surgido esta potencia popular en el culto que se le rinde en esos dos países a lo propio no como nacionalismo sino como si ajustara a presión lo que expresan con quien lo recibe. Y si se alega que lo mismo existe en Colombia, aquí no alcanza a ser este cultivo de la “geografía sentimental” como le dicen al relieve que da forma a esta materia popular musical.
Pero además de un público fervoroso, de compositores e intérpretes propios, sin ínfulas internacionales, Argentina y México son origen también de “taxidermistas” que a estos artistas y leyendas miran al detalle con sus rasgos distintivos, con su originalidad. Carlos Monsiváis es como dijo de él Octavio Paz, un género en sí mismo, que logró desplegar un fresco sagaz de la cultura popular mexicana, otorgándole la entidad que merecía y el respeto por aquello que revelan los cantantes, actores, compositores y que ninguna otra institución transmite tantos rasgos mexicanos identificables. Al morir en el DF en 2010, todos los tributos a Monsiváis dan fe de qué tan bien hizo su trabajo.
No puede compararse aquel semiólogo latinoamericano con el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, aunque tuvieron un gesto en común: morir el mismo año y que este último hombre de Tucumán indagara en mitos argentinos (Perón, Evita, el cantante de tango, Borges) unos trazos artísticos en medio del delirio. Y en la pasión por la necrofilia reinante en su país.
Y es que Argentina es potencia en compositores y cantantes en español. No sólo le es atribuible el origen latinoamericano del rock, sino de figuras indelebles del estilo de Sandro a quien rindieron en Buenos Aires este enero un homenaje heroico por cumplirse un año de su muerte. Él logró un repertorio, un estilo, una época y una independencia de la política manipuladora de ese país, una identificación portentosa que lo mantiene vivo en el público. Piero por su parte, otro inolvidable de esa camada de resistentes, vive en Colombia pero regresa a Argentina para recordar la vigencia total de su música que parece no haber envejecido. Como tampoco él. A Charlie García tienen respeto como a un tótem del rock y a nadie molesta sus desafueros. A Mercedes Sosa que también murió el año pasado, la siguen invocando como a una encarnación indígena del canto. A María Elena Walsh, la autora de La cigarra que murió este enero, también escritora para niños, hicieron una fiesta callejera póstuma en la que los ciudadanos bonaerenses pagaron una deuda con quien cantó por ellos. Tal compromiso tienen con sus artistas cuando logran tocar un sentir popular.
En medio de esta atracción fatal con la muerte de ciertos ídolos, es revelador el silencio que se cierne sobre Cerati, del que desde hace un año pende su vida de un hilo, pero al que no se nombra para no interferir un proceso que presumen fatal. Habrá homenajes pendientes también para Gustavo, el alma de Soda Estéreo. Argentina seguirá con otros Spinettas, Calamaros, Sandros, Sosas, Pieros, Walsh, para apoyar su fuerza en buscar figuras que alcanzan un sentir común. Sin dejarse alcanzar del manoseo ni la ingratitud de la política. Tras la pesadilla de los torturadores. Con la libertad que da la música.