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DECÍA CARLOS MONSIVÁIS EN CARTAgena hace unos días que los intelectuales habían desaparecido en América Latina porque los habían reemplazado los académicos.
A los primeros les atribuye un compromiso con la sociedad, mientras que a los segundos los ocupan sus cosas y el estar hablándose entre ellos. Los intelectuales son los llamados a leer lo que pasa y a interpretarlo, a mirar desde otro ángulo la realidad, a contraponerse al poder, a arriesgar sus análisis antes de que hayan sido aceptados por la decantada academia con su asepsia. ¡Qué vacío dejan!
Esta carencia de intelectuales ha ido empeorando en este medio que ha optado por vivir sin ideólogos y por estigmatizar a los pensadores como si fueran “un frente intelectual de las Farc”. El desprecio que implica esta frase presidencial por todo aquello que sea crítica o reflexión, como si fuera un arma ilegal, revela una fe excesiva en todo lo que sea acto, pragmatismo, dos cucharadas de caldo y mano a la presa, acción.
Ojalá existieran más intelectuales. Con la falta que hace un razonamiento y un temperamento flemático o melancólico ante tal cantidad de sanguíneos y coléricos como han ido agrupándose alrededor del Poder Ejecutivo. Tal ha sido la proliferación de hombres de acción que en un comienzo, cuando Álvaro Uribe comenzaba su primera presidencia, alguien como Luis Carlos Restrepo, venido de la intelectualidad, que se había codeado con la ciencia, tenía en la siquiatría y en la filosofía dos saberes que podían ser útiles para ayudar a desenredar los nudos de un conflicto armado en el que se mezclaba la izquierda, la derecha, el tráfico de drogas y de armas.
No sé si ha pasado demasiado tiempo, tanto como para que el cambio haya sido extremo, porque ahora es el mismo Luis Carlos Restrepo el que opta por abolir el lenguaje, por tratar de modificar la realidad a partir de controlar a quienes pueden contar lo que está pasando en ese otro mundo de la selva y de la crueldad. Parece que su capacidad de análisis como intelectual cedió en Restrepo el espacio a la capacidad de reacción primaria y a la retórica de los que han acuñado su pensamiento en foros como los consejos comunales.
Hubo un tiempo en Colombia en que la construcción de una salida al conflicto tuvo a intelectuales como John Agudelo Ríos, como Jesús Antonio Bejarano, como Bernardo Ramírez, con los que se intentó crear una interlocución y un centro de reflexión ante esa sin salida que plantean los más antiguos movimientos alzados en armas (y los más nuevos, los paramilitares) en este continente. Ahora un grupo de Colombianos por la Paz y una Comisión Nacional para la Reconciliación, tratan de mantener unido el hilo que parece romperse a cada minuto por esa voz que llama a pasar a los hechos y a buscar la salida de la guerra en la guerra misma.
La descalificación de los intelectuales como perjudiciales y la total desconexión que muestra Luis Carlos Restrepo con la enfermedad que aqueja a Colombia de ausencia de lenguaje para nombrar sus dolores, hacen todavía más inciertos los caminos que siguen. Tal vez quede hacer un frente intelectual, el más sólido posible, que anteponga pensamiento a tanta acción fallida, aconsejable después de ocho años donde todos los métodos de lucha han sido probados, pero han faltado ideas y palabras. Esas deben ser producto del frente intelectual. Opuesto a las Farc y opuesto a la guerra por igual.