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EN ESTOS DÍAS EL FRUTO EN COSEcha es el aval. Cerca de las elecciones se enturbia el aire, salen los intereses oscuros y se afilian el agua con el aceite. Juntos para la foto electoral.
Muestra del berenjenal es el litigio Venezuela-Colombia, rancio y viejo, pero que da punto de no retorno porque el Maquiavelo de aquí y el de allá, Uribe y Maduro, muestran sus colmillos a la galería —y hacerse los machitos funciona— así incendien la pradera y destierren a miles a cada lado, lo que para ellos son daños colaterales, pero así mantienen caliente a su clientela.
Aunque el rancho esté ardiendo allá, la atención (la tensión) está aquí, en lo local. Se juegan apuestas los gallos que se miden las espuelas para la elección presidencial de 2018. Ponen y quitan sus fichas, patean el tablero porque creen a los votantes ciegos, sordos y mudos, arrodillados ante un tamal, un mercado o, cuando mucho, al puesto para el hermanito mío. Razón tienen en creernos tarados.
Medellín y Antioquia son ejemplo de componendas electorales. Fortín codiciable con presupuesto garantizado por empresas del calado de EPM, cuya utilidad reinvierte por obligación en lo que diga el señor alcalde y el señor gobernador. Monarcas de turno con dote garantizada. Qué peligro.
Por eso lidian toros de casta en esta plaza. Álvaro Uribe Vélez salió de aquí a conquistar el reino y quiere regresar a mandar como le gusta: con ventrílocuos, obedientes, secuaces y esclavos. Ya decapitó a Liliana Rendón porque le pareció de pipiripao para su fila de testosterona pura. A cambio trepó a Andrés Guerra, ilustre desconocido salido de la cepa de Bernardo Guerra Serna, papá que algo le debió enseñar porque fue cacique fiero en estas tierras. Uribe le caló al comunicador un sombrero de campesino improvisado, disfraz del que se vale Uribe para parecer campechano. Y en Medellín hizo un juego de palabras de Vélez y Uribe, porque le gusta gobernar por interpuesta persona. Encontró a Juan Carlos Vélez Uribe, álter ego mansito, sin ideas propias, para prometer seguridad a su estilo: con redes de informantes, armas, drones y mucha mano de hierro. Operación Orión para todos los barrios. Y ahí tiene a Vélez-Uribe trepado en las encuestas, envalentonando a los que aquí se dan bendiciones por el proceso de paz y el posconflicto, que están situados entre la Catedral y el periódico de Envigado.
Pero el caballo de Troya, el auténtico, es el ajedrecista Luis Pérez Gutiérrez. Político insaciable que no ha dejado de presentarse a ninguna de las últimas elecciones locales: alcalde o gobernador, todo le sirve. Coquetea con el aval de Serpa y del liberalismo, se apuntala con fuerzas subterráneas de César Pérez García, su mentor, les hace ojitos a los empresarios de los que el excacao Augusto López Valencia es su adalid y el atravesado Rafael Mario Villa su llave. Luis Pérez entró como galanista hace 30 años, y se ha ido transmutando en el indefinible candidato que es hoy. Confía en la desmemoria: cuál operación Orión, cuál politización de EPM, cuál vajilla de 93 millones, cuáles 200.000 computadores HP, cuáles entuertos de Colombiamóvil-Ola y cuál campaña avalada por combos. Pérez actúa como recién nacido en la política. Y tiene temple para mentir: usa vallas en esta campaña como candidato de Compromiso Ciudadano, el movimiento de Sergio Fajardo, que es su polo opuesto.
Luis Pérez apuesta a que lo salva un abogado o un funcionario de los que colocó como alcalde de Medellín de 2001 a 2003. Y sigue campante para gobernador, dizque como candidato de opinión.