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EL ESPACIO QUE DEJARON VACÍO ES proporcional al que ocuparon. Marta Traba y Fanny Mikey son dos insignias por la vida que construyeron con el arte. Trazaron una línea que divide el atraso que las antecedía. Abonaron un terreno que no hay con qué pagarles. Las dos dejaron a Argentina, su país, y eligieron a Colombia por razones amorosas que las trajeron e implantaron en este suelo.
Coincidieron en la misma época, pero cada una tomó un rumbo que le era inevitable. Cada cual trajo su propio incendio. Llegaron en la década del 50 a un país plano, anodino, que tenía en la política su furor y era impermeable al arte, relegándolo a escasos espacios de museo o a artistas que nadaban contra la corriente. No había entonces un lugar colectivo para entregarse a la pintura o al teatro. Ahora que ya no están ellas, su obra vive, como corresponde al tamaño de apertura que hicieron y al cambio de mentalidad colombiana que alentaron con su pasión. Las dos tenían en el arte su sentido vital y expandieron aquí con fuerza un germen de artes plásticas y de teatro, que habrían permanecido en etapa infantil de no haber estado ellas de por medio.
Marta Traba dominaba los medios de comunicación, sabía usar la televisión (esa en blanco y negro), para hablar en términos atractivos, convincentes, sobre lo que hacía una generación de jóvenes artistas osados a quienes el país no había mirado. Los reconoció y los alentó. En la Universidad Nacional sentaba su conocimiento. Hizo posible el Museo de Arte Moderno de Bogotá como una ruptura, entablando una discusión con la academia. Ella, que era novelista, en su papel de crítica y de pedagoga del arte, alentaba bienales (en Cali y en Medellín, las había entonces) y en Bogotá creaba público para la pintura a través de la prensa, la radio, los foros y la televisión. Hacía oír su voz susurrada con palabras escogidas. Creaba salones y muestras, e interesaba a los dirigentes en el arte. Volvió el tema de interés nacional. Cargó con su antipatía algunos nombres de artistas e hizo toda una polémica del fervor que entonces había del muralismo mexicano aquí. Su muerte, a pesar de haber sido corneada antes por un cáncer de seno, fue en un accidente aéreo de Avianca hace 24 años, cerca a Madrid. Allí murió también Ángel Rama, su compañero de la última etapa. Iban a atender una invitación que les hacía el Gobierno colombiano. La sobrevive su hijo Gustavo Zalamea y su huella, como testigos de la dedicación a Colombia. Estuvo presente a la vez en la literatura y en las artes plásticas latinoamericanas como un punto de inflexión.
Fanny Mikey abrió trocha a su paso. Nunca dejó de ser actriz y siempre estaba inventando fiestas, celebraciones, encuentros. Llegó a Cali y ayudó a nacer al Teatro Experimental. Dio pasos para que existiera La Tertulia. Creó los Festivales de Arte de Cali que fueron un referente en el país en los años 60. Dio dimensión al Teatro Popular de Bogotá; hizo el primer Café Concierto con el nombre difícil de olvidar de La Gata Caliente. Cuando todo era desahucio creó el Festival Iberoamericano de Teatro en los 450 años de Bogotá, hace 20 años, trazando este eje de las artes escénicas globales, y gestó el Teatro Nacional, La Castellana, La Casa del Teatro, como constantes canteras de montajes, actores y dramaturgos. Queda su hijo Daniel y la tropa de testigos de lo que ella fue capaz de mover a su paso. Murió en Cali, a donde llegó joven. Se sintió en todo el país.
Marta Traba y Fanny Mikey dieron cuerpo al arte. Y abrieron al mundo este país encerrado. El viento entró con ellas.