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Ya no es como era

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Es ambiguo diciembre. Cambiante en la emoción que produce. Queda lejos esa alegría redonda que significaban las vacaciones y el cielo azul que las acompañaba, con el lucero que salía al atardecer y que se veía intenso esos 31 días del final del año. Esta sensación difusa es la certeza de que este mes ya no es como los de antes.

Hay cierto reblandecimiento ambiental. Si alguna culpa da ver el desbordamiento de ofertas y gastos que vuelve más desposeído a quien lo fue en los meses anteriores, es porque se siente la impotencia de que es inútil tratar de remediar con cualquier donación advenediza la precariedad en parientes, en desconocidos, en niños, que en diciembre queda mucho más expuesta.

Si hay penas, ahora se redoblan. Si se han acumulado dudas o deudas (se parecen más que la e que las diferencia), ahora tienden a empeorar. La tropa de desempleados se alista para quedar flotantes de un año para el otro con el temor vivo en estos días de que van a lanzarse colgados de la brocha para caer en enero, el peor mes.

Hubo, claro, otro momento en el que la niñez iluminaba diciembre como el lugar de las promesas. Los encuentros, los regalos y el solo hecho de cambiar de sitio las cosas inamovibles de la casa, hacían estallar una sonrisa interior con la que despertaba cada día: la luz y las luces eran resplandecientes. “Los alumbrados” de la ciudad ayudaban al ánimo que parecía de todos, y que creía inmutable. El olor del pesebre —sí, de musgo, porque el mundo entonces no se iba a acabar— junto con el del árbol de Navidad, que era un pino recién cortado en un bosquecito cercano, llenaban de naturaleza lo que el resto del año olía a quieto.

Nunca di al traído del niño la cuota que merecía en esa edad antes de los 12 cuando tanto podía creer. Me parecía un juego más feliz el que al día siguiente del árbol de los regalos, debajo de la almohada amaneciera algo inesperado. Podían ser los papás o quien fuera, no tenía importancia, era la sorpresa de abrir los ojos y recibir el día de Navidad con esa dicha. Y también la que producía la noche cuando los adultos resolvían que iban a esconder el niño (pertrechado de billeticos nuevos, que eran una cantidad para el que lo encontrara) y era la algarabía.

Hubo otras reparticiones de regalos que atraían a niños desconocidos, todos con la misma cara de contento, para recibir el cuaderno, el lápiz y el billetico nuevo, que el papá de mi casa había previsto para compartir. Hoy creo que era más un regalo para nosotros que para ellos. Faltaban por venir esos años en los que diciembre ya se disolvía en fiestas y en alegrías de adultos recién desempacados, hasta que vinieron los hijos, con los que de nuevo la Navidad se instaló como la dicha intensa anual.

Pero cuando ellos crecieron volvió a desdibujarse diciembre. Ahora es un mes a medias trabajado, a medias disfrutado y siempre afanado, que pierde ese contorno nítido que tuvo en la niñez y después en la casa con niños. Se siente esta falta inubicable cuando afuera todo es una puesta en escena para que la alegría sea una obligación. Pero ya se sabe que estos envoltorios pasan y queda un vacío en la playa seca de enero. Aunque exista la bulla recién inventada de las alboradas de pólvora, la sensación que embarga es que este diciembre ya no es como era antes.

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