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Pocas palabras arrastran un bacalao comparable al de «anacronismo».
Su mala prensa proviene de que muchas prácticas comunes en el pasado luego se consideraron dañinas: el castigo corporal a los niños, la condena a los homosexuales, el Estado confesional, las mil prerrogativas legales de los hombres, el coche de caballos, el miriñaque, sangrar a los enfermos y un larguísimo etcétera.
Sin embargo, la tiranía de la novedad también puede ser detestable. La moda, en particular, tiene un doble filo notorio, pues esclaviza a quienes se obsesionan con ella y los convierte en consumidores compulsivos e inseguros. Si no saben qué dice el oráculo sobre las tendencias, no se atreven a comprar ni una camiseta.
Aparte de eso, el progreso dista mucho de ser verificable en multitud de ámbitos. No, la literatura o la música de esta mañana casi con seguridad que no son mejores que las del pasado, mientras que el último artefacto bien puede ser superfluo, costoso o destructivo del ocio.
Están asimismo las grandes novedades del periodismo que se hace en internet y que suman al indudable valor de su variedad y velocidad riesgos muy considerables. ¿Es benéfica la quebrazón de medios o conlleva el peligro de que la calidad de lo reporteado y escrito se debilite por cuenta de la precariedad económica? Si no me van a pagar bien, pensarán muchos jóvenes talentosos, ¿para qué me dedico a eso?, con lo que a la larga perdemos todos.
¿Y qué tal la tiranía de las ideas políticas de última moda? Gana el candidato X, de izquierda o de derecha, y de repente los editorialistas de varios medios dan en regañar a quienes se atreven a cuestionar sus ideas. Esto para no hablar del novedosísimo fenómeno de las dictaduras con proceso electoral envenenado de por medio: ¿un arcaísmo resucitado, un nuevo invento, las dos cosas? El populismo es y no es anacrónico, entre otras razones porque su tendencia a renacer proviene en gran parte de que no resuelve los problemas, sino que los perpetúa.
Hablemos también del así llamado “arte contemporáneo”, un Leviatán omnipotente incrustado en los estados y en las grandes burocracias, cuyas ganas de jubilar a la pintura y a la escultura nos traen sepultados en una avalancha de objetos, videos y performances más que todo inanes. Es que usted es anacrónico y no entiende, dicen, al tiempo que cualquier obra viene con su respectiva explicación infantil y es tan fácil de entender como difícil de amar.
Todo lo anterior desemboca para mí en el dilema de los libros. Los devotos de la diosa Novedad dicen que los que no compramos tabletas electrónicas para leerlos somos anacrónicos. Lo sincrónico, según eso, sería alojar la propia biblioteca en los servidores de Big Apple o de Big Amazon o arriesgarla en un disco duro que un buen día puede hacer ¡plop! Mientras tanto, el viejo trasatlántico del mundo editorial cruje al navegar en medio de una profusión de icebergs muy reales. En cubierta, personajes venerables hablan de cómo va a ser la vida a bordo de un bote salvavidas.
Pues bien, yo creo que a estas alturas el recurso a un cierto anacronismo es no ya una opción, sino una obligación. Uno tiene que ser leal a lo que en la vida le ha dado placer o le ha enseñado a pensar, al tiempo que explora con entusiasmo variable las cosas que le propone el Big Brother de la novedad. ¿Que así queda en minoría? Tal vez, pero siempre ha sido preferible hacer parte de la excepción, no de la regla.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes