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QUERIDA L., NO SÉ SI COLOMBIA ESTÉ enferma y si apenas sea una hipocondríaca incorregible, pero ahorita mismo estamos pasando por un episodio de uribitis reumática aguda.
Los síntomas son taquicardia informativa, dolor de coyuntura, flebitis columnística e incontinencia radial logomáquica.
Víctima de un claro ataque de wishful thinking, yo escribía en una columna hace más de un año: “Si el 7 de agosto de 2010 Álvaro Uribe le entrega el poder a otra persona, quienquiera que sea, los colombianos de la franja sensata podremos darnos por bien servidos”. Pues bien, Uribe le entregó el poder a Santos (a regañadientes, por cierto), pero la calma no volvió, entre otras razones porque el hombre no se fue a descansar en una hamaca o a cuidar de las bellas potrancas que tiene en el Ubérrimo. Dime: ¿estoy equivocado o los ex presidentes en otros países se jubilan al fin de su mandato y empiezan a cobrar caro por hablar ante auditorios llenos de ricos sin nada que hacer? Aquí no quieren jubilarse y tampoco los dejan.
Figúrate la escena: Uribe, que sigue montado en un avión como si todavía fuera Presidente, viajó a Honduras y convocó a una rueda de prensa. ¿Para qué va por allá y por qué habla tanto? No sé, creo que está nervioso, no tanto porque sus hijitos —así nos dice— no le estemos cuidando los tres huevitos que nos dejó encargados (no te rías), sino porque están en peligro las gallinas que los pusieron. El periodista, al tenerlo a tiro, obviamente le preguntó si él le había sugerido a su antigua subalterna María del Pilar Hurtado “exiliarse” en Panamá, y Uribe contestó: “Siguiente pregunta”. La frasecita amenaza con hacerse recurrente. ¿Quieres casarte conmigo? Siguiente pregunta. ¿Usted fue el que violó a la muchacha? Siguiente pregunta. ¿Me prestas diez millones? Siguiente pregunta.
Pasando a otro tema, la temporada de lluvias ha estado mucho más fuerte que de costumbre, lo que no obsta para insistir en que somos como aquel millonario al que le partieron la cabeza con un gran bulto de billetes. El agua es una gran riqueza, eso ya se sabe, pero anda a decírselo a un burócrata o a un periodista alborotado. Te dirán que el agua es una calamidad, que es destructiva y, sobre todo, que no se puede hacer nada para que sirva de algo.
Y ya que hablamos de lluvias, si en el país llueve, en Bogotá no escampa. Tan grave es el temporal, que en los alrededores de la Alcaldía han empezado a subir unas aguas políticas casi tan fétidas y turbias como las del río Bogotá. Es cierto que las investigaciones contra el Alcalde todavía están en curso, pero la acumulación de indicios resulta impresionante. El peor de ellos es el inmenso desgreño administrativo, esa suerte de maldición según la cual, si Moreno toca algo, ese algo deja de funcionar. La gente dice, creo que con razón, que es imposible que un despelote de semejante magnitud se dé en medio de la pulcritud. Y hay algo peor: el último capítulo de la saga bogotana podría llamarse “Le parto la cara, marica”, porque se dice que el ex aficionado a la siguiente pregunta quiere callar a sus críticos haciéndose elegir alcalde de Bogotá. Y ahí sí la uribitis se tornaría escrofulosa y degenerativa, como quien dice que se volvería un estreñimiento político incurable.
En fin, no te fastidio más con nuestra alharaca nacional. Este país está metido en problemas serios, pero no es serio. Mal síntoma.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes en Twitter