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ESTE 20 DE ENERO BARACK OBAMA se convirtió, en efecto, en el cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos y lo hizo ante una multitud de dos millones de personas, que no tiene precedentes allí.
Atentos al sentimiento popular, los medios gringos andan muy atareados en la fabricación de un símbolo. Siempre se ha dicho que estos medios se sitúan a la izquierda de la población, pero en el caso presente la sintonía es clara, tanto en el foco de atención como en la línea política. Predomina algo raro: un centro dinámico, una sindéresis excitante. Incluso Fox News, el canal oficial de la derecha, que como perro bravo solía alimentarse de “liberales” blandos, anda con el bozal a medio poner, a la espera de que pase el temporal.
Los símbolos no son lo de menos, entre otras razones porque dan un gran baño de teflón al ungido para que pase sin rayarse por las duras y las maduras. Sin teflón, un político está a la intemperie, como pudo comprobarlo Bill Clinton cuando casi lo destituyen. El último símbolo que creó la política americana —si descartamos que George W. Bush simbolice la incompetencia catastrófica— fue Ronald Reagan, quien inauguró una larga era de irresponsabilidad social, de consumo conspicuo y de ingresos astronómicos para los dueños del país, todo arropado en el aura del capitalismo invencible. Reagan provenía de Hollywood, la madre de todos los símbolos, y a diferencia de Obama su imagen no sólo nunca ha sido exportable, sino que últimamente las palomas de la economía andan dejándole mensajes coprológicos encima.
El anterior símbolo, John F. Kennedy, fue creado sobre todo por su trágico final y, examinándolo a fondo, es un símbolo vacío. Casi todo lo que su presidencia comenzó o intensificó fue un rotundo fracaso: la guerra del Vietnam, la invasión y el bloqueo a Cuba, la Alianza para el Progreso. Mientras tanto, fenómenos de gran trascendencia contemporánea, como la lucha por los derechos civiles, le pasaron de lado. Eso sí, Kennedy tenía una rara facilidad para las frases perdurables y parecía extraído de una película de Hollywood, al igual que Jacqueline Bouvier, su estupenda mujer.
Volviendo al presente, Barack Obama va a necesitar todo el teflón que le pueda proveer su fulgurante carrera, pues la situación que hereda es en extremo peliaguda. Claro, los símbolos sirven sobre todo para sobrellevar tempestades, pues destacan lo accesorio y lo vistoso y evitan que la gente se fije con demasiada atención en lo fundamental. Los símbolos también necesitan mantenimiento, y Obama cuenta para el efecto con un instrumento de primer orden: los millones de personas que financiaron su campaña. Es seguro que los miembros de la red Obama no verían para nada con buenos ojos que la burocracia del país se ensañara con su amado presidente.
En el centro de todo está un hombre improbable, cuya inesperada personalidad y trayectoria aumentan su fuerza simbólica: mitad negro, hijo de un africano problemático al que a lo sumo vio unos cuantos días en su vida consciente, criado en Indonesia y en Hawai por su madre y sus abuelos, disipado en la juventud, pobre pero afortunado en materia educativa, Obama es un hombre “en el mejor sentido de la palabra bueno”, para usar la frase de Machado. Quizá quien mejor sintetizó la encrucijada que se le viene encima sea el titular del periódico satírico The Onion: “Le dan a un negro el peor puesto de Estados Unidos”.