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Ya que los aficionados a la fiesta brava han expuesto con elocuencia las razones que desaconsejan su prohibición, me gustaría aprovechar la ocasión para hablar de la manía de quienes quieren prohibir a todo el mundo lo que a ellos no les gusta.
La ristra de prohibiciones innecesarias aún vigentes en muchas partes del mundo e impulsadas por fanáticos es extensa: están el aborto con y sin excepciones, el consumo de psicotrópicos, la prostitución, el nudismo incluso en lugares apartados, para no hablar de que lo primero que decreta cualquier régimen autoritario es una larga lista de prohibiciones.
La civilización, sin embargo, consiste en reducir el número de prohibiciones, no en aumentarlo. Algunas ya desaparecidas o en vías de extinción son: la de la homosexualidad, la del matrimonio interracial o mezcla de “sangres”, la del divorcio, la de la igualdad legal de géneros y razas, para nuevamente no hablar de los derechos democráticos que estuvieron todos prohibidos alguna vez. Se llegaba incluso a penalizar el suicidio, lo que conducía al absurdo de tener que procesar a los sobrevivientes. Esta aberración legal está de salida, pero no así las referentes al suicidio asistido o a la eutanasia.
Queda por supuesto un número importante de prohibiciones que los Estados aplican y cuya frontera se traza en la invasión abusiva o peligrosa que una persona haga del derecho de los demás. Así, en un país democrático, cualquiera puede beber hasta matarse de cirrosis, pero viola la ley si maneja borracho porque entonces pone en peligro las vidas de terceros. Hay también algunas prohibiciones nuevas, como la del maltrato infantil, considerado alguna vez un componente necesario de la educación, o las de ciertos abusos contra el medio ambiente, que buscan amparar los derechos de las generaciones futuras.
La idea tampoco es llegar al contrasentido de prohibir las prohibiciones. De hecho, existe un terreno adecuado para socializarlas: las religiones. Mientras los creyentes no quieran convertir su religión en la del Estado, ésta debe ser protegida. Como se sabe, casi todas las religiones incluyen un régimen de prohibiciones drástico que aplican a sus adeptos. A un musulmán le está prohibido comer cerdo o tomar alcohol; a un judío, tener casi cualquier actividad los sábados, etcétera.
Los prohibicionistas suelen reforzar su caso mediante el método demagógico de mostrar imágenes impactantes de sus fobias. Piénsese, por ejemplo, en la práctica común de castrar a un torete para que así el novillo resultante engorde más rápido y su carne salga de mejor calidad. Pues bien, ya vendrá el fanático que se ponga a difundir el close-up de una castración, la cual dicho sea de paso mata al animal en términos biológicos, pues le impide reproducirse, y de seguro habrá multitudes con carteles a las puertas de los frigoríficos. Sucede, no obstante, que los antepasados del Homo sapiens reforzaron su componente carnívoro al bajar de los árboles, lo que hace impensable prohibir la violencia contra los animales.
Debe hacerse, por último, una distinción crucial: una cosa es oponerse a las corridas de toros o al aborto o al consumo de psicoactivos, y otra muy diferente promover las respectivas prohibiciones generales. Semejante distinción, sin embargo, atentaría contra el tonito de superioridad moral del prohibicionista, a quien nada le gusta más que generalizar su fastidio, para fastidio de los demás.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes