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Decrecimiento

Andrés Hoyos
17 de enero de 2012 – 06:00 p. m.

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La cura de un vicio casi siempre pasa por la catástrofe. El alcohólico, con raras excepciones, tiene que darse primero un costalazo en la vida antes de intentar reformarse; muchos no lo logran.

Siguiendo con esta lógica, cabe afirmar que el crecimiento económico es el gran vicio de la humanidad, expresado en el régimen de producción capitalista que impera en casi todas partes, con variaciones dramáticas, eso sí, porque una cosa es Suecia y otra Nigeria. Parafraseando a Churchill, podría decirse que el capitalismo es el peor régimen económico conocido, hecha excepción de todos los demás.

Hasta hace poco, la idealización del crecimiento presumía que la extracción de los recursos no renovables no tenía costo, como no fueran las regalías que hay que pagar a ciertos estados. Tampoco se asignaba un valor a la alteración del medio ambiente ni se ocupaba nadie de estudiar la sostenibilidad de los procesos. Se ha visto, sin embargo, que la escasez de muchas materias primas ya llegó o llegará pronto, que gran parte de los procesos colectivos podría no ser sustentable y que el crecimiento es oneroso para el medio ambiente. ¿Ocurrirá una progresiva catástrofe que obligue a la humanidad a replantearse el vicio del crecimiento? El capitalismo, como se sabe, es vulnerable a las crisis, es decir a los costalazos, desatados por cualquier pistoletazo inopinado.

Destacaba este periódico la semana pasada a uno de los gurús de la teoría del decrecimiento, el economista francés Serge Latouche. No es la idea sintetizar aquí sus planteamientos ni los de sus colegas, asequibles en internet, sino decir que todas estas teorías bonitas, inquietantes y útiles tienen dos bemoles fundamentales: el primero es que nadie está ni cerca de encontrar un camino viable para llevarlas a la praxis y el segundo, que mucho menos se sabe de una manera para que el decrecimiento le permita a un país pobre salir de la pobreza. Dicho de otro modo, la teoría del decrecimiento es una clásica utopía, y ya sabemos lo difícil que ha sido implantar utopías desde que Tomás Moro publicó el libro epónimo en 1516.

Los debates sobre el decrecimiento son agudos e interminables, pues algunos postulan que hasta el progreso tecnológico tiene un dañino efecto de rebote, es decir, que fomenta el consumo en vez de reducirlo. Descartada incluso la tecnología, queda un único elemento sobre cuyos efectos benéficos no cabe ningún tipo de discusión: la educación. Porque si el futuro acotamiento del crecimiento va a depender de un menor crecimiento de la población, la educación se ha revelado como el mejor anticonceptivo inventado. Tan potente es, que en varios países de Europa y en Japón resultó demasiado efectivo y ahora allí buscan maneras de aumentar la natalidad, obviamente sin afectar la educación de las mujeres.

Así, mientras no llegue una catástrofe que obligue a la humanidad a adoptar la tal “vida sencilla”, es preciso gastar mucho más en educación. Porque de los muchos desperdicios que ocurren en las economías de mercado, el de talento humano potencial que se da en países desiguales como Colombia es el peor. Me parece que este contexto futurista es el adecuado para enmarcar el debate del año pasado sobre la educación pública, tema que va más allá de la noción a veces inocua e impracticable de los derechos universales. La educación superior, antes que un derecho para todos, es una necesidad apremiante.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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