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VAYA UNO A SABER SI GEORGE W. Bush era una calamidad necesaria para que el mundo y los propios Estados Unidos pudieran un día ilusionarse con Barack Obama. No obstante, la ocasión me sirve para hacer un merecido elogio de la democracia.
Decía Churchill famosamente que la democracia es la peor forma de gobierno que existe, con excepción de las demás, y mucha gente tomó sus sutiles palabras como una boutade. No se trata de ninguna boutade: los malos gobiernos democráticos son comunes –en Colombia hemos padecido varios–, y el alcohólico reformado que en enero se irá para su finca de Texas a ser ignorado por el mundo es un ejemplo de campeonato. Surge un primer elogio: el gobierno de Bush fue fatal pero duró apenas ocho años, mientras que Fidel Castro lleva medio siglo atormentando a Cuba. En Cuba, al equivalente local de Obama le hubiera tocado emigrar.
Un principio por lo general ignorado dice que lo que un pueblo quiere allá en el fondo de su oscuro corazón es lo que a la postre obtiene. El gringo wasp promedio no quería las fiestas psicodélicas que trajeron los ruidosos años sesenta, ni tampoco quería la sociedad multirracial que inauguró Martin Luther King. De ahí que, apenas pudo, prefiriera elegir durante treinta años gobiernos sobre todo conservadores, como el de Reagan, con la nada decisiva interinidad de Bill Clinton. No de otra manera se explica que ni siquiera le haya importado que el Partido Republicano aplicara todo este tiempo políticas que iban en clara contravía de su interés personal. Bush logró, sin embargo, lo que parecía imposible: que el wasp promedio empezara a querer algo realmente diferente. Se dio entonces la elección del martes pasado, un radiante espectáculo de vitalidad democrática.
Se nos dice, con razón, que ya vendrán las decepciones, pero a mi modo de ver esto también entraña un elogio. Hacerse ilusiones sobre un hombre falible, que luego derivan en posibles desilusiones, implica una notable madurez histórica. No estamos, por ejemplo, ante guerrilleros heroicos que prometen implantar el hombre nuevo y que para eso declaran lícito asesinar al vecino. Estamos apenas ante ilusiones humanas, enfrentadas a desilusiones humanas. Esta actitud en lo colectivo es común solo en la democracia, así como la rivalidad que no conduce ni a la muerte ni al exilio del adversario. En contraste, los más radicales suelen pedir la perfección en la Tierra, sin explicarnos quién les dijo que era posible alcanzarla. De esas perfecciones, salpicadas de exterminio, líbranos Señor.
Más de una vez he oído decir que a Obama lo van a matar. Me late que este infundado temor es expresión de la fragilidad de la esperanza, vinculada a su vez a la fragilidad de las posibilidades democráticas y al inexorable desgaste del poder. Sin embargo, resulta de nuevo admirable un sistema político que al tener el límite del poder como su principio rector, limita también el daño causado por su desgaste. Los malos gobiernos democráticos mueren sin convulsiones, sin estruendo de tanques, sin dictadores colgados de un poste y sin caídas de muros emblemáticos. Mueren cualquier 4 de noviembre.
La democracia puede ser comparada con un carro viejo. Anda y lo lleva a uno a lugares con tal de que se le haga un buen mantenimiento y que sea conducida por un chofer experto y cuidadoso. De tarde en tarde funciona bien.
Yo, al menos, no querría vivir bajo ningún otro régimen.