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El museo sacrificado

Andrés Hoyos
23 de diciembre de 2008 – 08:02 p. m.

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EL ANTIGUO MATADERO DE BOGOtá es una ruina estupenda en la que sería posible educar sin mayores problemas a las niñas del Colegio Mayor de Cundinamarca.

Dudo mucho que las afecte el eco de los novillos que antaño exhalaban allí su último mugido. Trasladando a tan amplio lugar a esta respetable mas no sobresaliente institución educativa, su sede actual se podría demoler para ampliar por fin el Museo Nacional de Colombia. No obstante, el alcalde Samuel Moreno anda considerando de forma casi increíble una decisión que privilegia a otra institución menos que sobresaliente: quiere enviar a la sede del matadero, no a las colegialas del Mayor, sino a los estudiantes de la Universidad Distrital, cuyo marasmo es proverbial. La decisión da un poco de piedra.

El museo ocupa hoy el antiguo Panóptico, es decir que está confinado entre los bellos pero estrechos muros de una antigua prisión. Rodeado de edificios altos hacia el norte y de una avenida intocable hacia el occidente, lo natural es que el museo crezca hacia el oriente, donde hoy está el colegio. Como complemento esencial, se debe recuperar la manzana que queda hacia el sur, donde hoy hay más que todo canchas de tejo y parqueaderos que, vaya uno a saber por qué, nadie se ha atrevido a tocar, pese a que lindan con las históricas Torres del Parque de Salmona, fuente de regeneración de todo el barrio.

Un gran museo es bastante más importante que un colegio de fea arquitectura o que una universidad mediocre y casi irrecuperable como la Distrital. Tanto los colegios como las universidades son necesarios, pero sus sedes no históricas son fáciles de hacer y deshacer o, por lo menos, de trasladar. Un museo, en cambio, forma parte del alma de una ciudad y, como reza la vieja teología, en materia de almas no es bueno improvisar. Los grandes museos son, si se quiere, más democráticos que las instituciones educativas, pues no privilegian a los jóvenes ni a ningún sector de la sociedad. Sirven, de paso, para educar a los que quedaron mal educados en el pasado.

La mil veces frustrada ampliación del museo era un proyecto muy querido, entre otros, por Rogelio Salmona e implicaría algo tanto o más esencial que la expansión de una institución primordial: revitalizar el centro de Bogotá, un sector todavía frágil, degradado y semiabandonado, a despecho del esfuerzo de muchos. Dicho de otro modo, para renacer del todo, al Centro le falta el empujón político que los alcaldes se niegan a darle.

En materia urbana, el pecado de omisión puede ser casi tan grave como el de acción. La civilización del automóvil vació y degradó los centros de las ciudades, convirtiéndolos con frecuencia en antros de delincuencia y prostitución donde sobrevivían mal algunos edificios burocráticos y tal cual familia de viejos que se resistía a partir. Hoy se sabe que no hay nada más productivo y democrático que intervenir e invertir en las zonas históricas o tradicionales de las ciudades. No se trata de aplicar allí el fundamentalismo de la conservación, sino de modernizarlas al tiempo que se las conserva. Sin embargo, ya van en Bogotá dos administraciones de izquierda en las que el espacio público y las zonas sociales reciben un trato de tercera. ¿Cómo se compagina esto con la presunta ideología de los mandatarios? Ya decía yo alguna vez que en Colombia es muy escasa la izquierda pensante.

andreshoyos@elmalpensante.com

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