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Cada vez resulta más claro que los recursos naturales son, al igual que todo estimulante potente, una droga bastante peligrosa.
Citaba este sábado Thomas Friedman en su columna del New York Times un análisis reciente de la OECD según el cual hay evidencias claras de que los países que carecen de recursos naturales sacan en los exámenes PISA puntajes consistentemente más altos que aquellos que obtienen una alta renta del subsuelo. La abundancia de recursos naturales parece, pues, conspirar contra la educación. ¿Por qué pasa algo tan absurdo?
Más que responder a mi pregunta, pasaré revista a unas pocas hipótesis que ya circulan por ahí sobre este aparente contrasentido.
El subsuelo abundante y generoso se parece a la herencia que deja a sus hijos un padre multimillonario perteneciente al famoso 1%. Si la herencia es lo suficientemente cuantiosa, el heredero nace jubilado. Los hay, claro, que luego multiplican el valor de lo recibido, pero no en vano uso la palabra “jubilar”, porque un jubilado es por definición aquella persona que no tiene que trabajar. Ahora bien, dado que hablamos de países, el jubilado en este caso no será el ciudadano de a pie, a veces pobre, sino el gobernante. Un mandatario obligado a extraer impuestos de sus conciudadanos es vigilado por ellos, mientras que otro que se dedica ante todo a repartir dinero será adulado, temido e idolatrado. De ahí que la abundancia de recursos naturales se considere peligrosa para la democracia real. Suena muy patriótico y muy socialista eso de nacionalizar las petroleras y las mineras, según pide el radicalismo de izquierda en todo el mundo, y con razón se vocifera que las multinacionales saquean al que se deja, pero ¿no son también saqueados los recursos naturales de un país cuando un presidente los usa para corromper a los electores que en contraprestación lo van a reelegir de forma indefinida?
Las prioridades colectivas de un país rico en recursos naturales cambian. ¿Para qué centrarse en la educación de la gente, lo cual la torna exigente, criticona y difícil de gobernar, siendo posible volverla sumisa a punta de dádivas? No hay tal que la gente se esfuerce por gusto. Si en el cielo abunda el maná, muchos querrán esperar sentados a les caiga en las manos. Los recursos naturales asimismo incuban violencia a su alrededor, dado su potencial como botín.
De ahí que el viejo mito de que un país debe desarrollarse con base en sus recursos naturales sea errado. El paradigma ahora es otro: un país debe desarrollarse con base en sus recursos humanos. Los recursos naturales pueden servir para mitigar el daño de la explotación, para hacer grandes infraestructuras, para invertir en investigación, para crear un colchón de reservas destinada a los tiempos de crisis e incluso para financiar grandes museos, eventos culturales y demás actividades de aquello que Voltaire consideraba tan necesario: lo superfluo.
Colombia, según el estudio arriba citado, es apenas un país promedio en la abundancia de recursos naturales no renovables. Mañana, sin embargo, podríamos descubrir un gran pozo de petróleo o algo semejante. De ser así, estaríamos obligados a imponer una legislación de control muy fuerte que obligue a la explotación pausada y tendríamos que abolir la reelección presidencial. Huelga decir que entre nuestros alegres funcionarios y legisladores no abunda la voluntad política para hacer ninguna de las dos cosas.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes