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México me sedujo hace muchos años y desde entonces procuro enterarme de su devenir, últimamente muy martirizado.
Como se sabe, el 1 de julio de este año hay allí elecciones presidenciales, en las que lleva las de ganar, según las encuestas, el candidato mediático del PRI Enrique Peña Nieto, un personaje imposible de definir con claridad. Peña Nieto competirá contra Andrés Manuel López Obrador del PRD y Josefina Vázquez Mota del PAN, a quienes los analistas les ven pocas posibilidades por lo pronto. Un graffiti reiterado lo dice todo sobre el ambiente reinante: “Que se vayan los ineptos y que vuelvan los corruptos”.
La intelligentsia mexicana, que tiene un peso tan bien ganado en la sociedad, anda apesadumbrada y desconcertada con lo que acontece. Se queja de la escasa evolución política del país —para algunos, casi una involución—, y pocos símbolos hay más aciagos al respecto que un eventual regreso del PRI al poder, sobre todo porque este partido ni ha hecho una autocrítica de su pasado ni ha dejado de tener malhechores de alto coturno en sus filas.
Al caer el PRI en 2000, México entregó el mando sucesivamente a dos presidentes del PAN, Vicente Fox y Felipe Calderón, inepto cada uno a su manera, quienes vieron cómo dos problemas cruciales y relacionados se les salían de las manos: no se dio el anhelado deshielo político y la violencia hizo eclosión. Se menciona mucho la “colombianización de México”, frase que tiene sentido apenas en un aspecto, de gran peso, eso sí: allá en 2006, como acá en 1986, se le pidió al Estado controlar el narcotráfico y su violencia criminal en medio de mares siempre renovados de dinero. Ponga usted a un gobernante a realizar una tarea posible y tal vez verá avanzar las cosas. Ponga a ese mismo gobernante a resolver un imposible y lo verá dando palos de ciego.
México tiene un potencial inmenso, además de muchos otros problemas, que el tema narco no abarca, pero al ser esta enfermedad prácticamente incurable, bien puede paralizar un programa de gobierno. Porque una amenaza de las proporciones de la que sufre México obliga al gobernante, bueno o malo, a cambiar sus prioridades. Debe hacerse cargo primero que todo de las tremendas secuelas que traen la violencia, el crimen y la ilegalidad. Por inercia, lo demás, así sea más importante para el futuro, pasa a segundo plano. Colombia, volviendo a la manida comparación, aún no sale de la cruenta espiral que se inició en los ochenta, como nos lo recuerda algún titular todos los días. Nuestra “solución”, en extremo precaria, consistió en reducir el problema exportándolo a otros países, de suerte que hoy el gran salto de rentabilidad del narcotráfico se da justamente en México. ¿Pero a dónde podría reexportarlo este país si tiene 3.000 kilómetros de frontera con el mercado de narcóticos más grande del mundo?
La mala noticia del momento es que los mexicanos, desesperados o impotentes, están dispuestos a regresar al pasado. La menos mala es que un eventual triunfo del PRI no sería un regreso completo a la famosa “dictadura perfecta”.
Pase lo que pase, no habrá un auténtico deshielo político en México mientras no se entienda que el principal problema político de este país, para no hablar de muchos otros del subcontinente, es la estúpida Guerra Contra las Drogas, que debe desaparecer del mapa para dar paso a una despenalización regulada. Lo demás, por una vez, es lo de menos.
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes