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El sustitucionalismo

Andrés Hoyos
19 de julio de 2016 – 09:20 p. m.

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El prestigio del derecho acaba de sufrir un golpe demoledor en Colombia. Los magistrados que hoy se sientan en la Corte Constitucional, pese a los posgrados que ostentan, al tumbar el Tribunal de Aforados no solo se volvieron a quedar sin un juez que los vigile, sino que no hubo ni un mísero salvamento de voto.

El mensaje que envían a la sociedad con esta insolente unanimidad es inmoral: quienes deben impartir justicia no están dispuestos a someterse a ella. Ni siquiera contemplar a diario el indignante espectáculo del magistrado Pretelt, tan pancho en su poltrona, los afectó. Una afrenta al país como esa no deja otro camino que confrontarlos.

El embeleco de última moda de nuestros magistrados es el sustitucionalismo. Esto no se puede, dicen, porque sustituye la Constitución, aquello tampoco porque también. Armados de una doctrina tan mal formulada como incompleta, los magistrados se han ido arrogando poderes legislativos sobre la administración de justicia. Para colmos, nos creen tontos y nos echan cuentos, pues los pesos y contrapesos no sufrían ninguna alteración significativa con el cambio de gestión de la rama judicial. El Tribunal de Aforados, por su parte, sí tenía algunos dientes, los mismos que debe tener todo tribunal. Para verse libres de su jurisdicción, ¿no bastaba con comportarse bien, como por definición tendría que hacerlo cualquier magistrado?

Que una decisión del Congreso sustituya la Constitución no es suficiente para que la teoría del sustitucionalismo sea válida. El Congreso podría sustituir la Constitución implantando un régimen parlamentario o un régimen federal, podría prohibir el alcohol y el aborto (pésimas ideas ambas) sin que por ello fuera legítimo que la Corte se atravesara. El sustitucionalismo solo cobra validez cuando una reforma conduce a una Constitución claramente antidemocrática, dígase un Estado confesional o un Estado racista. En los 25 años que lleva la carta de 1991, tan solo el intento de implantar una segunda reelección (preludio para convertirla en indefinida) tenía el potencial de romper la estructura democrática. La segunda reelección daba al Ejecutivo la capacidad de destruir la división de poderes, como sucedió en Venezuela. Las demás reformas, buenas o malas, magníficas o pésimas, se circunscribían todas al entorno democrático.

La gran paradoja es que quien ahora afecta en materia grave los pesos y contrapesos es la propia Corte. Al revivir la inefable Comisión de Acusaciones, nula desde siempre, los sustitucionalistas reemplazaron al Congreso en la labor de legislar. Incluso se volvieron constituyentes pues agregaron a la Carta consideraciones de conveniencia institucional que esta no contiene.

En fin, el mensaje es que bajo la actual Constitución no habrá justicia para 76 magistrados y un fiscal general, de suerte que no queda más remedio que cambiarla. Cabe lamentar que se haya llegado a este punto de no retorno y que tanto Uribe como las Farc puedan congratularse de la Constituyente que querían, cuya futura convocatoria será cortesía de la actual Corte Constitucional. Ya en ello habrá que proceder con paciencia evitando, eso sí, poner en los escritorios de nuestros dichosos sustitucionalistas la decisión de reemplazar la Carta, pues podrían volver a fallar en beneficio propio.

Por si acaso, la pequeñez de esta gente no disminuye por el hecho de que anoche hayan dado vía libre al plebiscito por la paz.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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