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En junio nos vemos

Andrés Hoyos
18 de marzo de 2014 – 08:25 p. m.

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La carrera política de Enrique Peñalosa está inscrita en la paradoja.

A voto limpio, tan sólo le ha ganado a Carlos Moreno de Caro en 1997, un candidato casi inverosímil. De resto, perdió contra Mockus en 1994, contra Samuel Moreno en 2007 y contra Petro en 2011, candidatos más fuertes pero en ningún caso cracks políticos de primera división. Y ahora, cuando sus admiradores pensábamos que Enrique iba a seguir de exitosísimo consultor internacional el resto de su vida, he aquí que surge no sólo como casi seguro contendiente para la segunda vuelta electoral que se definirá el 25 de mayo —ofende nuestra inteligencia que la campaña de Santos, con el 25% de intención de voto, diga que va a ganar en primera vuelta—, sino como posible presidente electo el 15 de junio de este año.

¿Qué ha pasado? Que de tanto padecer la degradación de la política, los colombianos ahora parecen dispuestos a elegir, si no a un antipolítico, al menos sí a un político que no esté untado de mermelada. Las maquinarias operan y aportan votos, pero también arrastran un inmenso desprestigio que resta votos. O sea que para gobernar sirve tener entre el bolsillo a la impresentable bancada de la U, la más clientelista del enjambre, al tiempo que para ser elegido no es buena idea ser percibido como candidato de la U.

En las elecciones que se avecinan es fundamental ubicarse bien en el espectro político. Demasiado a la izquierda, como Clara López, y pierdes; demasiado a la derecha, como Zuluaga o Marta Lucía Ramírez, e igualmente pierdes. Enrique, proclive a las crisis de sinceridad, insiste en que los conceptos de izquierda y derecha son anticuados. Yo creo que se equivoca. Es cierto que hay políticos anticuados de izquierda, dígase el senador Robledo, y de derecha, dígase José Galat, pero asimismo los hay modernos en ambos campos. De hecho, Peñalosa tiene en casi todo ideas modernas de centro izquierda que han sido mal percibidas por el electorado debido a la deplorable alianza de 2011 con Uribe y a una personalidad arrogante que no logra ocultar su origen, así llegue en bicicleta a todas partes. Esta vez, sin embargo, la calidad de bogotano estrato seis no resulta tan grave, porque del lado opuesto hay dos candidatos tan cachacos como él: Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras.

El presidente, para fortuna de Peñalosa, dista mucho de ser un crack político imbatible. Por el contrario, “tiene más puntos débiles que la defensa del Envigado”, como dice con sorna Carlos Cortés en La Silla Vacía. En efecto, son zonas de desastre la justicia, la educación y la salud, en la que dejó solo al ministro, mientras que su única fortaleza relativa, el proceso de paz, no será tema de litigio, al menos no con Peñalosa, quien ha prometido continuarlo.

Si quiere ganar, Peñalosa tiene que proyectar una imagen confiable, no utópica, y tiene que ofrecer alternativas claras, aparte de preguntar por qué el presidente no hizo en el primer cuatrienio todo lo que dice que sí hará en el segundo. Enrique debe ser más abierto a las regiones que Santos y tiene que proponer una política tributaria más igualitaria que la de Santos, entre muchas otras cosas.

Por último, para abril se anuncia el estreno de la película Catatumbo II, que cuenta cómo la extrema izquierda, y vaya uno a saber si también la extrema derecha, juegan a hundir la candidatura de Santos. De modo que la cosa se está poniendo buena. Hagan sus propuestas, señores.

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