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España frente al abismo

Andrés Hoyos
25 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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Hablar del fin de la historia es un desatino y en pocos lugares lo es más que en España.

Allí la historia otra vez se está poniendo al rojo vivo desde el pasado 11 de septiembre, fecha pegadiza, cuando un millón largo de personas inundó las calles de Barcelona para ondear banderas independentistas.

Con su inmensa autoridad política, esta manifestación del día de catalanidad pateó la mesa sobre la que unos personajes pelillistas y pusilánimes andaban componiendo equilibrios deleznables.

En los últimos treinta años los políticos españoles, con evidente falta de valor, decidieron entregarse a la vieja ilusión de que el tiempo arregla los problemas, sin entender que ese mismo tiempo tiene la fea costumbre de empeorar lo que queda expósito. Tanto el PSOE como el PP, los partidos dominantes del posfranquismo, lucen hoy como agrupaciones timoratas e irresponsables, cada una por sus propias razones. Arrullados por los fondos estructurales europeos que permitieron una inversión pública cuantiosa, sus dirigentes se llenaron de arrogancia y se sintieron primermundistas imbatibles. Creyeron que el asunto consistía en copiar las instituciones exitosas de los países más sólidos de la Unión Europea, olvidando que antes tenían que organizar una España competitiva y políticamente cohesionada. Ninguno de los dos partidos osó tan siquiera considerar la realización de los sucesivos referendos sobre la independencia que eran la única vía para derrotar a los nacionalistas. ¿Que existía el riesgo de perder? Sin duda, sólo que ese riesgo ahora ha aumentado.

¿Qué dice la terca historia hoy? Que los referendos evitados en el pasado se han vuelto casi inevitables. Una primera intuición sugiere que, al menos en Cataluña, España perdería ese referendo. Sin embargo, hay que dar la madre de todas las batallas para tratar de ganarlo. El principal argumento, creo yo, es que más allá de los himnos, de los pechos henchidos y del delirio de las sardanas, una Cataluña independiente no resulta para nada apetitosa. La secesión marchitaría muchas cosas allí: la industria editorial española tendría que irse tarde o temprano, pues ante un ataque abierto al idioma, imposible de evitar en una Cataluña independiente, un editor español estaría in partibus. El F. C. Barcelona también entraría en decadencia, pues se vería obligado a jugar en una liga diminuta. Supongo, claro, que los nacionalistas entienden que tras la independencia no habría ni la menor posibilidad de que el equipo participara en la liga española o en la francesa. ¿Grandes clásicos contra el Lleida o el Girona? A verlos. Las prestigiosas universidades locales, ancladas en una mezcla de catalán e inglés, perderían atractivo y estudiantes. El país, en general, se sumiría progresivamente en un espeso engrudo provinciano.

España tiene un último cartucho que quemar para frenar las ansias independentistas: el federalismo. Lo que está por verse es si la situación da tiempo o si esa pólvora también está mojada. Mientras tanto, recriminaciones van y recriminaciones vienen como suele suceder en una casa mal avenida en la que el padre se quiebra y ya no tiene con qué pagar las cuentas.

Un desempleo del 50% entre los jóvenes en un país desarrollado significa simple y llanamente que allí el Estado fracasó de forma rotunda. Sea de ello lo que fuere, no hay independencias light, de modo que ojalá todos lo piensen un poco antes de querer volar en el abismo.

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