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Especies políticas

Andrés Hoyos
06 de agosto de 2013 – 06:00 p. m.

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Es famosa por lo contundente la afirmación de Edward O. Wilson, quizá el mayor experto mundial en hormigas, sobre el marxismo. Wilson dijo que Marx “tenía una teoría maravillosa, pero se equivocó de especie”.

Quien haya visto a un niño pequeño gritar “¡mío!” cuando algo le gusta, sabrá que la abolición de la propiedad privada fue siempre un imposible, y la catástrofe del comunismo demuestra que, al diseñar un sistema de gobierno, lo primero es no equivocarse de especie.

Menos conocida es la segunda parte de la vena de Wilson, según la cual pertenecemos a un muy reducido grupo biológico que exhibe lo que hoy se conoce como “eusocialidad”. Este concepto (ver: http://bit.ly/8j7MF) es responsable del predominio de unos pocos grupos de insectos, como las termitas, las abejas y las hormigas, de muy lejos los más exitosos del planeta. Lo que se conoce menos es que la eusocialidad, o sea la división del trabajo en grupos reproductivos y no reproductivos, fue asimismo determinante en el éxito evolutivo del Homo Sapiens. Por cuenta de ella, la pulsión biológica de los humanos no se reduce al egoísmo genético que nos lleva a poseer, a competir con el otro y a estructurar la vida de la manada alrededor de la fuerza de los machos alfa, sino que incluye una importante dosis de cooperación. Esto implica que el extremo opuesto al marxismo en el espectro político, los llamados libertarios, conocidos en materia económica como neoliberales, también se equivocan de especie.

El diseño de los Estados pasó por un larguísimo proceso de ensayo y error, y una de las conclusiones a las que se llegó es que hay que tomar en cuenta los instintos profundos de la especie so pena de estrellarse contra las consecuencias inevitables que éstos tienen. Siglos de abuso incubaron en Occidente una idea novedosa que dice que la única manera de evitar los cataclismos recurrentes debidos a que el poder absoluto a veces cae en manos ineptas, es institucionalizar la limitación del poder. Tras muchos intentos, hoy parece estar claro que la única forma verdadera de limitación del poder es la democracia laica moderna. Este sistema, pese a sus mil defectos, tiene por definición la capacidad excepcional de poner a raya al mandamás, es decir, al egoísmo triunfante. Sin saberlo en su momento, Montesquieu estaba solucionando la contradicción biológica de la especie, que enfrentaba al egoísmo de la selección natural con la eusocialidad también natural. Antes de la democracia y mientras el soberano no tuvo límites, la eusocialidad se refugiaba en actividades individuales por lo general sofocadas por el poder, o incluso se deformaba y anquilosaba en fallidas salidas religiosas o en limitadas soluciones filantrópicas. La forma moderna en que el espíritu de cooperación está presente entre los seres humanos es mediante la contribución que hacen los ciudadanos, en particular los más pudientes, en la forma de impuestos.

Uno hasta entiende que los libertarios quieran mantener a raya a los demás; lo que entiende menos es que intenten imponer su visión de mundo al resto de la sociedad. Un individuo puede obviamente pensar lo que quiera; lo que resulta inmoral es que pretenda convertir este pensamiento en obligatorio para los demás.

Sobra decir que el conflicto entre egoísmo natural y eusocialidad da lugar a las democracias inestables y cambiantes que hoy vemos por todas partes.

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