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Extradición

Andrés Hoyos
04 de septiembre de 2012 – 06:09 p. m.

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Había una vez un grupo llamado «Los extraditables» que hizo correr ríos de sangre en Colombia, como nos lo recuerda la impactante serie Pablo Escobar: el patrón del mal.

Cayeron candidatos presidenciales, ministros, altos oficiales de la policía, procuradores, celadores, policías rasos, mafiosos enemigos, volaron aviones llenos de gente, explotaron bombas en todas partes y pusieron al Estado de rodillas. No se salvó ni el canario de la abuela. La propia Asamblea Constituyente se doblegó ante la presión y prohibió la extradición de colombianos, revivida luego en medio de los bombazos. La cárcel de La Catedral, de infausta recordación, era en realidad un comando central del Cartel de Medellín, con matadero de personas adjunto. Murieron miles y miles en los años ochenta y noventa porque estos señores preferían “una tumba en Colombia” –que también se les otorgó– “a una cárcel en Estados Unidos”.

Si damos un salto a 2012, tendremos que frotarnos los ojos de incredulidad y concluir que tantos miles de personas murieron en vano. Ahora la extradición no sólo es una perra vieja que ya no muerde, sino que los mafiosos prefieren usarla como una suerte de turismo carcelario hacia Estados Unidos. De regreso al país a los pocos años, relanzan su carrera criminal como si no hubiera pasado nada. Los valores que fueron desbaratados a punta de balas y dinamita se han seguido pervirtiendo hasta el delirio. Estados Unidos considera más grave contrabandear un kilo de cocaína –para no hablar de fumarse un cacho de marihuana o meterse un pase de esa misma cocaína– que masacrar a cientos de campesinos. Por eso, si el mafioso entrega alguna ruta y delata a algún cómplice, poco importa que luego vuelva a vengarse de sus enemigos, a recuperar su fortuna mal habida y a ensangrentar al país, porque lo que es el míster ya quedó satisfecho. Claro que satisfecho es un decir, pues muchos narcos pronto vuelven a traficar, dado que es lo único que saben hacer.

La culpa de todo la tiene la bendita Guerra Contra las Drogas, como no nos cansaremos de repetirlo sus enemigos. Colombia, pese a su dinamismo, es un país bloqueado. La prohibición y el narcotráfico que de ella se deriva constituyen el obstáculo político más trascendental y dañino que hemos tenido en los últimos 35 años. Sin la narcotización de la vida nacional, el proceso de paz que ahora emprende el gobierno contra viento y marea y en medio del escepticismo de muchos se hubiera firmado décadas atrás. ¿La razón? Que la vieja y fanática guerrilla de las Farc es hoy quizá el mayor cartel del país, con todos los males conexos que eso conlleva. De ahí que lo más probable sea que si se llega a un acuerdo de paz exitoso, venga la consecuente partición del viejo cascarón estalinista y que de ciertos frentes surjan pequeños carteles autónomos, al igual que pasó con las bacrim. La única manera de cerrar esa puerta es despenalizar no ya el consumo sino la producción y venta de psicotrópicos, empezando por la marihuana y continuando pronto con el resto de las drogas. De ñapa, se podrían recaudar unos impuestos cuantiosos gravando este comercio controlado. Si la despenalización se hace de común acuerdo con otros países, santo y bueno. Si no, habría que proceder en forma unilateral, siguiendo el valiente ejemplo de don José Mujica en Uruguay. Lo esencial, en todo caso, es dejarnos de matar inútilmente.

andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes

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