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PUEDE QUE EL RÉGIMEN CUBANO TOdavía se sienta seguro allá en su isla patrullada por miles de agentes de seguridad del Estado, pero no sería raro que con la perspectiva de los años el episodio Fariñas se llegare a considerar el punto de no retorno.
Decía Raúl Castro hace poco: “Cuba prefiere desaparecer a doblegarse”. Pues bien, acaba de doblegarse y, debido a la muy vieja inflexibilidad del régimen, la fractura podría no estar tan lejos.
Es preciso recordar que la longevidad de la Revolución Cubana se ha debido no sólo a la fuerte represión policial y militar que reina en el país, sino al arrogante aire de superioridad moral que sus dirigentes —en particular Fidel Castro— han sabido exhibir durante más de cincuenta años. “La historia me absolverá”, “Patria o muerte, venceremos”, etcétera, las frases rimbombantes han abundado. En los años sesenta y setenta los latinoamericanos nos sabíamos de memoria las pegajosas canciones de Carlos Puebla y calificábamos de “gusanos” a los miembros del inflexible exilio de Miami. Muchos y muy prestigiosos intelectuales del mundo —citemos a Cortázar, García Márquez y Sartre, tres muy famosos que nunca se retractaron— cayeron en la trampa romántica que les tendió Castro, ilusionados por el discurso sentimental y por una realidad maquillada, que mezcla altos niveles de escolaridad con una notoria incapacidad para proveer trabajo o bienestar material al pueblo raso. Ahora, en cambio, el tono heroico corre por cuenta de Guillermo Fariñas, un hombre del común, un periodista valiente cuya lucha deja en claro que la historia se apresta a condenar sin atenuantes a la cruel gerontocracia de la isla, diga lo que diga Fidel Castro.
Lo peor que tiene el “Coco” Fariñas para el régimen es su condición de hijo indiscutible de la revolución. Nacido en Santa Clara el 3 de enero de 1962 , estuvo en el ejército, estudió en la Unión Soviética y dio todos los pasos que le prometían un puesto prominente en la entraña misma del monstruo. Su padre participó en las hoy olvidadas aventuras del Che Guevara en el Congo y su madre fue siempre una castrista convencida. Sin embargo, el fusilamiento de Arnaldo Ochoa en 1989 terminó por quitarle a Guillermo la venda de los ojos. La familia Fariñas replica de esa manera el síndrome de tantísimos otros cubanos, quienes han visto que la fidelidad política puede ser más fuerte que el vínculo familiar. La revolución ha arrasado así con familias enteras, empezando por la de los Castro Ruz.
El desenlace cubano no se parecerá al chino o al vietnamita y esto porque en ambos países la permanencia del Partido Comunista en el poder se basa en un viraje muy exitoso hacia el capitalismo de Estado, que beneficia a mucha gente, mientras que en Cuba casi nadie ve hoy el futuro con optimismo, hecha la obvia salvedad de la amplia y perezosa nomenclatura. Cómo será de penosa la situación que a estas alturas la isla no es capaz ni siquiera de producir azúcar. El único y paradójico obstáculo que aún sostiene a los Castro es el embargo americano, cuya abolición aceleraría el desenlace.
Lo que viene será doloroso y no deja de entrañar inmensos peligros. El régimen esperaba una réplica de la invasión de Bahía Cochinos, que no ocurrió, y llenó la isla de depósitos de armas que podrían alimentar una sangrienta lucha fratricida. Ojalá ésta no se dé y Cuba encuentre una salida no violenta a sus dilemas, por el bien de casi todo el mundo.